domingo, 1 de febrero de 2015

HISTORIA II: Black Rouse. "El velo de Efemides"


 “El Velo de Efemides”

La tierra es esférica para los más sabios. Para los que quieren contemplar el mundo tal y como siempre han creído que es.
Pero para los aventureros llenos de coraje, y aquellos que surcan las temibles aguas, La tierra; es llana.
 Plana,  para los continentes, para las infinitas aguas saladas y para todos los mortales, en una época en el que el conocimiento se había ocultado celosamente en paredes de piedra, tras la pérdida del imperio romano a causa de las Ordás bárbaras del norte…
Un disco plano en medio de la palma del basto “Océanus”  franqueado por un muro perimetral: “El mar de plata”; sólido, blanco y helado, junto con sus dos regentes: el sol radiante y su amor eterno “la dama  luna blanca”, cortejándose uno al otro por siempre jamás.
Una vez perdido en el basto océano y atravesado la línea de los dioses o el llamado “ horizonte”, una niebla negra,  llamada “Velo de Efemides”, protege un delicado tesoro en su regazo, entre muerte y desesperación.
 Continentes regidos por las fuerzas sobrenaturales del basto océano y sus misterios en las profundidades, hijos e hijas que conspiran en el mas profundo del abismo: cautos, silenciosos y observantes, esperando ese instante para mostrar su colosal presencia ante aquellos necios que quieran surcar ciertas verdades. El manto oscuro,
 ( de Efemides), uno de los hijos del gran “Oceanus”,y  el mas tenebroso y despiadado de todos ellos,   oculta  celosamente el tesoro mas valioso que cualquier mortal pueda contemplar: Una Tierra solitaria en medio de la “nada”, donde los hijos de los dioses comenzaron a escribir el libro de los designios de todas las cosas. Una Isla como “antesala” a la tierra blanca y de plata, un “Eden”  lleno de riquezas, un mundo desapercibido por los saberes de los antiguos sabios, y un vergel repleto de manjares, bebidas y besos a miel.
 El moribundo puro de corazón, puede volver a la vida y el deshonroso como carnaza al que rige y a sus hijas de tierra y agua.
En el centro: Un espejo negro, que sacia el ansia del deseo mas profundo del alma...
 Los vijos marineros la conocen como:” la Isla frontera” o“La Isla de Rodas”.


(Año de nuestro señor 1380)
En el océano Atlántico a varios kilómetros de tierra firme…

 “El Carolina” una “nao” de 28m de eslora y 8m de manga, 3 mastiles de aparejo de cruz con gabias en trinquete, vela mayor cuadra y un castillo de popa, 3 falconetes a estribor y a babor. En el palo mayor encima de “cola del vigia” y de la vela cuadra de gabia, la bandera serpeante al viento de la corona de Aragón.

Un barco cuya misión militar era restringir la piratería de los barcos mercantes que navegaban por las costas entre el Mediterraneo y el Atlantico Oeste. Ya hacia varias horas que habían perdido la linea y el punto de “no retorno”. Por no hablar de sus dos compañeras; “El Sixtina” y “El Constanza” dos “carracas” que junto con “El Carolina” formaban el “comboi” que   “La Liga de los Mares Continentales” habían contratado para preservar el comercio florentino de los constantes asaltantes de los piratas.
El tiempo, no había ayudado durante una semana y “El Carolina” navegaba a tientas, como una hoja a merced de la corriente de un riachuelo, en dirección hacia ninguna parte.
Los marineros, cansados de maniobrar y de no lograr virar el navio, estaban inquietos y temerosos de lo que el destino les puediera reservar.
“El comandant” estaba frente a su capitan “Malaquias”: un hombre rechoncho y serio, convencido que los vientos aliseos los volvieran a empujar a barlovento y dirijirlos, al menos, a las costas de Africa del Norte. Sir Agramunt, fijaba su mirada temblorosa a un capitan, que miraba con su catalejo, tranquilo y a costa de un posible motin  por parte de la tripulación.

.-Sire! Virar el Catalania a tierras seguras!
Malaquias, un hombre con carácter fuerte y forjado en toda clase de calamidades en la mar, cabello negro y ojos fijos y oscuros, le respondió.- no voy hacerlo…. Sabeis muy bien por que estamos aquí. Vos mismo asumisteis el contrato como yo. Y  no pienso volver con las manos vacias.- (le de vuelve el catalejo a Agramunt).
.- ….ellos no lo saben….- (Dijo el joven)
El capitan se giro... - No tienen por que saberlo -.

A unas cuantas millas de donde “El Catalina” se encontraba, una especie de neblina parecía surgir de las entrañas de las aguas saladas.
Desde el barco.- ¡Tierra!, ¡Tierra!, ¡Tierra!..
El capitán, ansioso desistió de su intrépida seguridad en si mismo y arrebatándolo el “mirador” al comandant, como si un ladronzuelo roba un trozo de pan sin que el tendedero se perciba de su ausencia en plena plaza publica y llena de gente, para mirar a lo lejos.

Un horizonte que consumía los últimos rayos de sol subrayado por una especie de banco de niebla negro y extraño que parecía ser “tierra firme”.
.- ¡Lo veis! “Comandant”… (Le devuelve el catalejo).- ¡Jamas dudeis de mi persona, “Comandant”!
El Joven Agramunt, arrepentido bajaba el mentón por haverse dejado llevar por los sentimientos y una tripulación agotada.
Los marineros, gritaban .-¡¡¡tierra!!!, ¡¡¡tierra!!!.- desde babor y estribor, alegres y sonrientes…El vigía, cuyos ojos eran de los de un verdadero Alcon, sonría junto con los demás desde aquellas alturas donde el mundo parecía ser un poco mas pequeño.
Sin embargo, “aquella cosa” que se les acercaba, no era lo que pensaban. Pues a su paso y como botas de siete leguas, surcaba las mansas aguas saladas a una velocidad impresionante en dirección al Catalina.
En aquel mismo instante, la sonrisa del vigía, se fue disipando y sus ojos abriéndose como platos. “hilos como extremidades en la superficie, mas oscura que el mismo abismo y un ¡hedor repugnante!. Quería gritar y avisar a sus compañeros de travesía, pero el miedo se había quedado con su voz. ¡Por el amor de dios! ¡Aquello no era tierra firme!
El comandant, miro por el catalejo en aquel momento en que “aquella cosa negra y espesa que flotaba sobre el mar” se dirija hacia ellos como un cachalote enfurecido.
 Agramunt, se quedo; paralizado, sin que el corriente sanguíneo acabase su trayectoria por su cuerpo, el bello de los fuertes brazos se le pusieron de punta como escarpias. Caminaba hacia atrás, mientras que los marineros festejaban de su salvación. Nadie sabia nada, ni si quiera el capitán que sonreía a los de la tripulación en cubierta. Agramunt, miraba a sus compañeros, pero su habla, no existía y sus piernas parecían tener rumbo propio hacia algún lugar seguro.
.- ¡traer vino! ¡que rule el vino!...

Agramunt encontró un escondrijo, ni si quiera tenía valor suficiente para saber de verdad que era aquello…
En ese momento… ¡un silencio aterrador! Tan solo se escuchaba el palpitar de su corazón queriendo salir de su pecho. El comandant estaba aterrado detrás de un tonel, con la espada en su mano temblorosa.

Los brazos de la bestia, surcaba como las extremidades del mismisimo Craquen, como humo oscuro  y con pelos tiesos como los erizos del mar, que con tan solo tocar herian sin piedad a todos los presentes. El vijia escondido desde arriba, podía ver como aquella masa espesa y peluda iba doblegando a cada presente con tan solo tocarlos. Enredaderas como algas, trepando por todo el cascaron de proa y popa, del babor y de estribor del Catalina, como si una planta o “alga colosal” estubiera deborando todo en cuanto a su paso. Aquella escena dantesca, de cuerpos mutilados por las afiladas “puas” de aquella bestia que venia del mismo “Ades”, recopilaba cada uno de los trozos con otras extremidades mas pegajosas que las resina de los arboles de los bosques del norte.

Tal y como vino; lento, sigiloso y paciente como la muerte, se fue.
El comandant, al dejar escuchar los gritos de todos ellos, se quitó las manos de sus oídos.
Al salir a cubierta, todo estaba tranquilo. El barco era uno de tantos y tal como hablaban las leyendas de los barcos fantasmas que surcaban los mares de Gales e Inglaterra: pues no había nadie.
Al asomarse por estribor, cogió el catalejo del suelo y entre la cortina de la noche recién venida, pudo ver como sus compañeros descuartizados y con ciertas quejas de dolor y aun con vida, se fundía con aquella cosa que se alejaba tal y como había venido.
En aquel momento, unos vientos comenzaron a inflar las velas y el barco comenzó a girar por el impulso de los vientos aliseos.
El joven Agramunt, no sabia que decir.


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