domingo, 14 de junio de 2015

HISTORIA I "La reina de la lluvia" Capitulo 15 "Ilusinium"



Ilusinium

(Año 1099, Jerusalén)
La noche y su silencio, el gran velo de la oscuridad que cambia la tonalidad de las cosas, esa cortina de seda y sombría  que transforma la escenografía del día en un paraje de colores tierra  desde el ocre hasta el naranja de las rocas y  colores fríos  desde los verdes de las palmeras hasta los difuminados turquesa y azul ultramar del firmamento,  esas tonalidades llenas de vida que al caer la noche se tornan en pigmentos blanquecinos y grisáceas a causa de la esfera regente de  la luna la reina de las sombras.
Cerca de las murallas de la ciudad de Jerusalén, en uno de esos canales donde en un tiempo pudo haber transcurrido un río,  un hombre corría por su vida, cubierto de harapos desgastados por las inclemencias del seco clima del desierto, saltaba de roca en roca, superando todo tipo de obstáculos, piedras desprendidas de la laderas del canal, paredes  con muescas y redondeadas suavemente por los sinuosos contornos, superficies de arena compacta modeladas por la brisa del desierto en el transcurrir del tiempo. Tras el, una horda de asaltantes seguían sus aventurados pasos.
Lo habían descubierto, hace unos instantes tras unos arbustos. En una reunión muy importante y secreta. La pena los mirones y los espías era extremadamente severa, cualquier usurpador descubierto no merecía vivir y por lo tanto la respuesta de ser descubierto era la muerte.
El sujeto y victima, corría y corría  como podían ofrecerle sus sandalias de cuero desgastado, huía a sabiendas de su destino inminente. Sus perseguidores, armados hasta los dientes, le seguían tras sus pasos, con espadas y lanzas y bajo el estandarte de “Veracruz”, emblema bendecido por el mismo pontífice Papa Urbano II; “la sagrada cruz griega y dorada en fondo blanco”, el símbolo de los caballeros de dios y el de las cruzadas.
Aquel hombre, cuyo vigor comenzaban a menguar tras subir una colina, sabía muy bien que la muerte no era un problema, ya que en su regazo y falsa personalidad ocultaba una verdad incomoda para sus enemigos. Tan solo huía por el temor a una de las armas que poseían esos secuaces; una cerbatana, cuyo dardo y proyectil contenía “el ilusinium”, algunos la llamaban “la sangre de Hera”, la misma droga que condeno a Heracles a las 12 pruebas, por matar a su familia con sus propias manos, un veneno  extremadamente poderoso que infectaba, no solo el cuerpo, si no que la mente quedaba bajos los efectos de su droga transportando al individuo al mundo de lo tenebroso, donde  el simple hijo de un dios podía provocar tal locura y en donde habitaba su mujer e hijos, tan solo veía demonios por doquier.  Una droga letal, que provenía de un receta romana,  unas cuantas gotas, una pequeña dosis  provocaba una muerte lenta y muy dolorosa, en el que el individuo perdía toda condición de la realidad y lo sumergía en la oscuridad. La sangre de Hera, era un narcótico utilizado en los gladiadores en la antigua roma, una sustancia que doblegaba a la razón y transformaba al guerrero en una autentica bestia de combate, el drogado no veía la vida real, sino el misterioso mundo de lo sombrío y sus entidades.
Cuando el hombre,  fue contemplado por la luna y por aquellas huestes que le estaban persiguiendo, en aquella colina, se percató de su mala gestión y estrategia. Tales secuaces, se prepararon para disparar. De sus vainas, sacaron una especie de tubo de madera tallada, de 4mm x 50 cm de largo, de su zurrón una especie de bolsa de tela sin coser y doblada por los cuatros laterales, en medio 7 ganzúas finas y muy afiladas, alfileres finos y delicados impregnados, previamente, de Ilusinium. Uno de ellos, el que disponía de mayor rango, dio la señal de disparar.
En aquel instante, aquellas cerbatanas, dispararon un proyectil que parecía gobernar todas las leyes de la física, como un ave rapaz que contempla su presa en las alturas y se lanza al acecho veloz y preciso.
El joven, ya cansado de tanto correr, pudo percibir como aquellas cosas desprendían un ruido suave y silbido al salir de las cerbatanas. Este, como pudo, arranco a correr…
Su marcha que había comenzado con vigor y fuerza pero sin la hidratación correcta le hacia perder el control de la situación y los movimientos de los pies comenzaron a traicionarle tropezándose con las irregularidades de aquel terreno hostil y cayendo al suelo como un verdadero aficionado. Lo que provocó el fallo de la primera descarga. El joven pudo escuchar como aquellas agujas rozaban por encima de el, como flechas en plena campaña bélica.
Los cruzados, armaron otra ofensiva, tras fallar en la primera.
El joven y su respiración, le hacia parecer a una pobre fiera en medio de una caza, a una alimaña en medio de una cetrería en la que la bestia ya no puede con su alma y el temor de ser apresado  no parece  tan importante como al principio.
Y Entonces…
Por un lado, una ráfaga de dardos surcaron el cielo despejado de la noche. Por el otro, la victima, un hombre en pie y avizor, abrazando su destino, con valor y dicha.
Aquellos proyectiles más finos que la aguja de un sastre de cuero, se clavaron en su cuerpo: Una en el cuello, dos en el hombro, otra en el muslo y finalmente, la última en el pecho. El sujeto de túnicas y harapos  viejos y desgastados, cayó hacia atrás con tanta mala suerte, que tras de el había un acantilado. Su cuerpo, tras caer desde las alturas, se golpeo con la arena dura y compactada del desierto,. Una caída de 5 metros de altura, cuyo impacto con la superficie del terreno provocó  la ruptura de las extremidades y el cuello, Un  choque con el suelo que izo temblar la arena.  Mientras caía, pudo ver como se alejaba de una manera estrepitosa, de la cornisa de aquel barranco y el infinito firmamento de la noche y sus estrellas.
El sabia que la muerte, no era un problema; pues no podía morir. Sin embargo, podía sentir como la droga recorría por todo su cuerpo hasta llegar al punto de tensar su espalda, provocándole un dolor fulminante y sobrehumano. Su grito, desde el suelo, llego hasta la horda de los caballeros, y a unas ruinas cerca de la ciudad.
En aquel instante y si ya fuera poco sufrimiento, los ojos del joven se abrieron. En sus pupilas podía verse como se habían dilatado a un punto extremo y embarazoso. “la sangre de Hera” estaba haciendo efecto. Aquella pesadilla, tan solo, acababa de comenzar….

El joven que yacía en el suelo a causa de aquellos dardos, no se llamaba  “Sir Robert, ”. Este nunca fue su verdadero nombre. Tampoco su misión: la defender el honor del dios de los cristianos, ni mucho menos el de los musulmanes. El provenía de otro lugar, pertenecía a otra época, en que el nombre y la calidad de la fe se pesaba de otra forma.
Allí, solo y sin nadie que pudiera socorrerle, contemplaba el escenario del firmamento y sus estrellas. Sabía muy bien que precedía y cual era su siguiente destino. Pero a pesar de ello y mientras que la droga recorría por todo su cuerpo hasta el celebro, se dedico unos momentos de reflexión. El joven “Argos”, recordaba esos últimos días  con su  amigo, Sir Robert el ingles.


“Sir Robert”, monje de la orden de “ Los hermanos de Cristo”,  unas de las abadías mas importantes  en  la isla Británica. Hombre joven y sabio, consejero de unos de los señores más relevantes de la corte de Inglaterra. Su físico y éxito con las mujeres mas bellas de la nobleza, hizo que lo excomulgaran  tras haber tenido un romance a escondidas  con una de las hijas del Lord.  Los valores y atributos del joven eran tan escasos, que la pena de muerte fue revocada por el mismo noble, ya que Robert tenía una mente fuera de su época y muy privilegiada.  Finalmente, fue exiliado de Inglaterra donde se dirigió a Roma.

En 1095, coincidiendo con  “la llamada sagrada” del Papa Urbano II para auxiliar al imperio bizantino de los turcos
,  el hermano Robert, pudo presenciar como los caminos hacia Roma, estaban repletos de peregrinos que se dirigían hacia Italia. Una muchedumbre repleta de: soldados de a pie, caballeros con sus respectivos sirvientes, toda clase de artesanos del cuero y la forja de espadas, nobles de alta alcurnia y un sinfín de personajes que perseguían el sueño de ser caballeros de dios. A finales del siglo IX,
un gran numero de soldados y caballeros se aglutinaron a las puertas del vaticano, eran hombres de valor que provenían de toda Europa, para acudir a Roma y formar parte del ejercito mas importante de la cristiandad: Las cruzadas.
 Urbano II, tras consultar las pesquisas de las profecías silbinas para decidir sobre un soporte militar contundente contra los turcos, hizo una llamada a todo hombre de valor y capaz de envainar su espada contra los infieles, y en donde el hermano “Robert, el ingles ” tubo la oportunidad de pugnar sus delitos y limpiar su nombre. Así que… no dudo en alistarse y formar parte de tan grandiosa empresa.
Sin embargo tal campaña y su suerte, por muy bendecida que estuviera, no aseguraba la vida de miles y miles de hombres hacia tierras extranjeras. Honores y gloria, nobleza y riqueza, palabras que llenaban la mentalidad de los pobres desgraciados que creían ser impunes a las doctrinas de la muerte y las espadas. En la literatura y en los cantares de gesta, el hombre se hacia valeroso y grandioso tras derrotar a sus enemigos, en cambio en la vida real todo era muy distinto…la espada se transformaba en un palo de madera y como tullido de recompensa, eran carnada, un sacrificio riguroso para cansar a los brazos impíos y llevarse la gloria unos pocos.
 En 1096, el mayor ejercito de soldados bendecidos por el trono de San Pedro, “las huestes del dios de los cielos” bajo el estandarte de la cruz griega  “la Veracruz”, penetraron en las fronteras del Sultanato de Rüm y como una manada de lobos hambrientos de sangre,  donde pudieron saciar su ansia con golpe de espada y estocada de  picas, no dejando títere con cabeza y mujer con descendencia. El placer de la guerra era como el vino y sus mujeres, cada trago y caricia se puede saciar con otro tanto mas, así que la proeza de esos mal nacidos y excusados por la palabra de dios prosiguieron su camino. Con corceles europeos, armaduras pesadas  bajo el sol abrasador, fueron surcando todas las ciudades y fortalezas a su paso, saqueando y violando a personas que no tenían nada que ver con los dioses y sus juegos de fe.  Finalmente llegaron a Jerusalén, o a lo que ellos llamaban “tierra Santa”. No sin antes perder a más de la mitad de sus hombres, en las infinitas escaramuzas en terrenos hostiles y secos. Grandes caballeros y soldados de baja alcurnia se disipaban en el polvo de la batalla,  y muy pocos volvían a sus respectivas formaciones. Como el caso del ingles “Sir Robert”. Sin recursos y sin fuerzas para poderse mantenerse en pie, la vida de cualquier ser viviente en aquellas penosas situaciones, valía menos que un diminuto grano de aquel inmenso y basto desierto.
Todos tuvieron tanta suerte como el. Pues quien iba a decir, que en aquel lugar apartado del mundo civilizado, un joven se iba a ocupar de el durante un breve tiempo.

Sir Robert. Aquel joven que miraba el cielo estrellado, con las extremidades desencajadas por la caída, recordaba como conoció al caballero que venia de Europa y de sus infinitas historias sobre la sociedad actual. Aquel caballero, le contó historias sobre un amor que no pudo ser, por que sus condiciones sociales eran muy distintas.  Argos siempre contemplo al  ingles como un hombre honorable y sabio. Lo veía  difuso, como un reflejo de lo que había sido la vida del ingles hasta que falleció en sus brazos.  Todas aquellas epopeyas, las acogió como suyas, como si fuera el heredero de su único legado. Sus formas y plena sabiduría en sus palabras y dichas, su forma de comprender su desgraciado destino de no poder estar con su amada Claudia la hija del lord de la corte de Inglaterra. Argos tambien perdió a alguien muy importante en su vida. Y el hecho, de cómo comprender el destino que nos ofrece la vida y valorar esas pequeñas cosas que te hacen grande y afortunado, le enriqueció durante esas 3 semanas ,lo que  sus ancestros supieron como inculcarle en aquella gruta en medio del desierto. “Sir Robert” el ingles, si que fue un gran hombre. “Dicen que el maestro aparece cuando uno esta preparado” El sir Robert “actual”, contemplaba callado su pregunta… “¿realmente lo estuve?”
Entonces en aquel instante, sus ojos se cerraron, como si se estuviera ofreciendo en sacrificio a sus antiguos dioses. Cansado y agotado de resistirse al veneno que recorría por sus venas, finalmente se presto en dejarse llevar por los acontecimientos.

En aquel momento, unas manos negras y huesudas, demacradas por el tiempo comenzaron a salir de la tierra, para agarrarlo y llevárselo a las profundidades de la tierra. Eran como almas en pena, muertos y entidades que reclamaban su cuerpo como si fuera un trofeo.

Argos, abrió los ojos. Aquel joven, contemplaba la irregularidad de la caverna que era  fría y húmeda, gobernada por un hedor repugnante. Al levantarse, pudo ver a cuatro de “ellos”, seres esbeltos y huesudos, de piel blanca  como la luna, contorsionistas con la espalda al revés y el rostro deformado.
Los podía contemplar, gracias a las flamas esporádicas que salían del suelo, gases de la tierra que se inflamaban con el contacto del aire putrefacto de aquella montaña de calaveras. Sir Robert o Argos, intentaba actuar con cautela y tranquilidad. Les observaba de reojo, mientras que intentaba coger algo para defenderse, un fémur por ejemplo. Necesitaba tiempo para recurrir a sus armas tras el ataque inminente.
En aquel supuesto infierno bajo tierra, aquellos demonios a varios metros de distancia, se aproximaban a el con ciertos movimientos y sinuosos ruidos…
¡Entonces! En aquel instante, uno se abalanzo hacia el joven, intrépidamente mostrando sus potentes mandíbulas. Argos, supo defenderse con un movimiento de cadera y un golpe contundente en la cabeza. Aquel sujeto cayó rodando hacia abajo, lo que confirmo que aquel lugar era bastante alto y que el se encontraba en la cúspide de la montaña de huesos. Otro, quiso probar tal  medicina, pero esta vez, teniendo tanta mala suerte que las llamas le alcanzaron, cayendo como una bola de fuego por aquella montaña de huesos.
Sir Robert, se percató, de otra cosa. No estaban solos. Ciento de miles de seres como el, lo observaban en la oscuridad y gracias a la bola de fuego, pudo contemplar como todas las paredes estaban llenas de esas cosas.
¡De repente! Todos se volcaron hacia al joven Argos y
Sir Robert, desenvaino sus espadas como lo hacían los arcurianos: brazos en forma de delta. se preparándose para aquella imparable ofensiva.
Toda una horda de seres monstruosos, todo un ejercito de hombres grises con las cuencas de los ojos vacías y los rostros deformados comenzaron a correr hacia el.
Sir Robert o Argos, se los quitaba de encima a golpe de estocada, uno tras otro caían de bruces y rodando por la montaña de huesos.
Debía de mantenerse firme, hasta que el efecto de la droga pasase su efecto y  volver otra vez al mundo de los vivos.