viernes, 24 de julio de 2015

HISTORIA I: La reina de la lluvia. Capitulo 18. "La emperatriz del miedo"



“La emperatriz del miedo”

Sussi no podía dormir.
Aquella cama artificial era lo suficientemente incomoda para ayudar a que sus pensamientos acabasen en esa parte de la mente en el que todo queda en el olvido, todo lo que había pasado durante el día le hacia removerse de un lado para el otro como si aquello no cupiese en el cofre de las cosas que uno pretende pasar pagina. “La tumbona 2000” acolchada y marcando las partes mas importantes de la espalda con patas plegables y respaldo reclinable, no eran lo suficientemente cómoda para Sussi, le molestaba no haber podido descansar como era debido y lo mas importante de todo: la actitud últimamente de Juan. La situación con el, le dolía.

Aun era de noche, faltaban unos 30 minutos para que los primeros rayos de sol iniciaran un nuevo día. Ella se veía obligada a levantarse  de la cama, pero el sueño aun mantenía sus parpados cansados, sentada y medio dormida, contemplaba el desorden que tenía  en frente:  una serie de “maletas rígidas” y de plástico duro, abiertas y cuyo desorden se percibía desde aquella distancia, contendores de color rojo oscuro y opaco, con una tapa transparente y abatible, con el lucro de forzar un sistema de organización y orden en las cosas personales de uno, de fácil transporte y muy util para apilarlas y llevarlas en un 4x4, parecián formar parte de esa escenografía dejada y caotica. A Sussi , le recordaba, que a algo extraño estaba pasando entre ellos. “Los hombres  tienden  a no apreciar las cosas”, lo demuestran a menudo con las herramientas del trabajo. Un contenedor o maleta, representa la personalidad de uno: un espacio bien ordenado dice mucho de una persona, es atenta y responsable. Un espacio desordenado, demuestra que no le importan las cosas y se despreocupa de si misma. Sussi contemplaba ahora sus pertenencias, su container tenía la misma apariencia que las maletas de sus dos compañeros. ¿Qué extraño? ¿Cuándo dejo de importarle el orden?
Todo en su lugar. La libreta “inventario” así lo demostraba, era su cuartada para saber que algo estaba pasando. Sussi era una maniática del orden. Antes de irse a dormir le ofrecía un repaso al piso, no importaba que estuviera impecable, cuando todo estaba en su sitio, se sentía bien y tranquila, despejada y abierta todo posible inesperado acontecimiento. Por la mañana, antes de salir a correr, volvía a revisarlo todo. Entonces… ¿Por qué su maleta estaba desordenada?
Le  empezaba a doler la cabeza. Era como uno de esos días, en que te levantas cansado y que todo lo que te encuentras a tu paso te parece extraño y fuera de lo normal, unos de esos días en que te sientes débil y que todo te molesta. ¿Un mal sueño? ¿mal descanso? La cuestión es que Sussi, no había dormido lo suficiente para tener la mente clara y despejada. Y Si había algo que le motivará aquella mañana era; prepararse una taza de café y sentarse a ojear aquellas memorias. ¿Quién sabe?, tal vez pueda contener alguna cosa sobre lo que les estaba pasando últimamente.  Así que, se levantó. Los pies aun dormidos, tropezaban con el suelo de falso parquet, una lona sintética imitando el listonado natural de  la madera. Cogió un cuenco de cerámica donde estaban todas sus cosas para asearse cada mañana: un cepillo de dientes manual, pasta desnitrifica, líquido de enjuague bucal sabor a menta, cepillo para el cabello y un peine plano de púas alargadas para peinarse ese endemoniado cabello rubio.
En aquel instante, la app del móvil comenzó a sonar la música de “American Woman”, eran las 6.30 de la mañana, la hora en que se levantaba todos los días sin importar si fuera festivo o laboral. Unos tres toques fueron suficientes para silenciar su iphone.
Sussi se miraba al espejo, ¡Ahí por dios! ¡Tenía un aspecto horrible!   Su reflejo le recordaba a una persona cuando se acaba de levantar tras haber estado en una despedida de soltera, con resaca y con los ojitos achinados. Observaba su rostro y en especial esas bolsas en los ojos, las bellas marcas que divisan el devenir de la edad ¿Dónde estaba esa jovencita con la piel tersa y fina que tenía a los chicos del instituto prendados de ella? El tiempo no perdona. Ahora tan solo podía desahogarse en ese suspiro y aceptar el hecho de que empezaba a ser mayor de edad.
Sussi, posaba de perfil, como tantas mañanas, ante aquel ridículo espejo, sacando esa barriguita y con la mano debajo de la camiseta para saber como seria su aspecto si estuviera embarazada.  Otra vez ese suspiro… Nunca pensó que acabaría de esta forma. Cuando era mas jovencita, ella disponía de muchos deseos; Acabar la carrera, tener un buen trabajo con un sueldazo de la ostia, y sobretodo encontrar a esa persona tan especial, ese hombre ideal, que hace que la vida sea tan maravillosa, casarse con el, ir de viaje de novios a Paris, una casa y finalmente formar una familia. Que distinto era de la realidad…
No había conseguido todo eso, ni por asomo.
Sin embargo, le gustaba lo que en un tiempo lo hubiese reprochado, ese estilo de vida lleno de aventuras. En el cine o en las películas, se suelen olvidar de lo que conlleva vivir de aquí para ya, y con las deudas pisándote los talones. Su vida era emocionante, pero con cierta carga de ansiedad y estrés, que con el tiempo iba pasándole factura y se reflejaba en esas patas de gallo.
Sussi, obligada por la curiosidad, pudo contemplar por el reflejo del espejo, como Juan estaba levantado, concretamente “sentado en la cama”, mirando la tela de la tienda de campaña, callado y quieto, posado sin decir media palabra, como si estuviese sumergido en algún tipo de sueño. Sussi no quiso despertarle, temía que estuviese sonámbulo. “¿Qué extraño?”…(se dijo Sussi para si misma). Todo el mundo sabe que a un “sonámbulo” no se le debe de despertar en plena acción onírica. Sussi se lo quedó mirando…
 La ocupación en Afganistán, le había cambiado por completo, pero su instinto femenino le insinuaba que el problema radicaba en las heridas de su antiguo trabajo. Una parte de “el”, se quedo adherida en el asfalto tras la explosión, parte de su personalidad se había quedado en oriente y Juan dejo de ser ese hombre tan interesante y atento.
No lo entendía… ¿Qué fue lo que hizo que los dos lo dejasen? Tal vez por que ella quería tener una de esas relaciones normales, en el que tu pareja te espera a la salida del trabajo para ir a tomar algo o simplemente salir a pasear por el parque y tirarse al lecho del césped para observar las nubes al pasar. La vida con Juan, jamás hubiese sido de ese modo. Siempre con nuevos retos a superar y cuyos clientes adinerados les enviaban a lugares descabellados, un juego en el que se solía apostar la vida. No… no era el camino a seguir si quería tener una vida normal. Sin embargo y en lo más profundo, sinceramente, a pesar de gastarse gran parte de su paga en volver a comprar ropa nueva, ya que siempre venia de esos viajes con el vestuario hecho trizas, le gustaba aquel estilo de vida. Su trabajo con Juan y Jordi estaba bien, es mas, hacia lo que le llenaba verdaderamente en esta vida, con ellos podía ser una especie de “Sharlock Holmes” en busca de objetos valiosos y en descifrar toda clase y pintorescos misterios, en un mundo donde una simple obra podría valer como mínimo 10 millones de euros. Trabajar con ellos, era intrigante, apasionante y fascinante, sin embargo odiaba cuando las cosas se torcían, como aquella misma noche. ¡Por dios! ¿Qué eran aquellas cosas?
¿Por qué desaparecieron como si nada? Como si los tres hubiesen estado fumando algún tipo de droga alucinógena o simplemente “intoxicados” por algún tipo de esporas que residían en el polvo del mausoleo, un aire cargado de alguna substancia volátil y transparente.
 Sussi, preocupada, se dio media vuelta y se dirigió a la maquina de expreso, necesitaba motivar sus neuronas con un poco de café. Pero antes, volvió a tropezar con aquel endemoniado suelo sintético. Más eficaz, torpe y estúpido tropiezo. Al mirar hacia a bajo, pudo contemplar como una especie de bulto sobresalía de la superficie, como si una losa estuviera mal colocada y encima el falso suelo. Esta vez, se había hecho daño.

Juan, seguía sentado en la cama, mirando hacia delante. Sus ojos contemplaban lo que tenia ante su presencia: “un rostro” con una sonrisa espeluznante.
Mientras que Sussi, se dirigía a la cocina, Juan atendía a la presencia fantasmal. Estaba como poseído, pero con el amargo saber de que era consciente de todo lo que pasaba a su alrededor. Su mano temblaba, mientras el resto del cuerpo estaba rígido como una roca. Aquella entidad se le aproximaba más y más hasta llegar a la altura de su nariz.
En aquel instante, los libros y entre ellos el códice anónimo, cayeron al suelo. Sussi, se dirigió al suelo para recogerlos. Estaba agotada. Tenía mucho sueño.
 Finalmente, se dirigió a la maquina de expreso, vació la carga de café a una bolsa de basura y después la lleno con una nueva dosis. Aquella olor a café y grano tostado, le hacia sentirse como en casa, no importaba si estuviera diluviando a fuera, si una buena taza de ese café le estaba esperando encima de la mesa.
Tras el primer sorbo, se encontró más atenta y el hecho de haber pasado una mala noche, comenzaba el día con entusiasmo y en proseguir en la misión. Antes de sentarse en aquella silla de tela plegable, pudo contemplar como el códice se había abierto por la parte en donde exponía el titulo de…
.- “La emperatriz del miedo”. (Se dijo a si misma, mientras lo acercaba hacia ella. Con el ceño fruncido, recordó que el libro había caído al suelo abriéndose por aquella parte).
Tras otro sorbo, comenzó a leer…





(La emperatriz del miedo)

Todas las cosas contienen su lado oscuro. Es de saber, que al igual que el sol ilumina el rostro que lo contempla siempre hay algo que la luz no puede templar, como un simple guijarro o una piedra rodada que en cuyo interior contiene dos certezas; su realidad, la que apreciamos a simple vista, inerte y de colores grisáceos y apagados, la cual e insignificante valor  forma parte de la gran obra de los dioses. La segunda o el otro rostro de la moneda, es su verdadera historia, la que demuestra su existencia y forma actual. Dos verdades, tan ciertas que sin labios para expresar, pasa desapercibida con el resto de la escenografía del mundo que la rodea.
Sin nadie a quien contar, sin formas de compartir sus conocimientos y con tan solo simples arañazos en su caparazón de satén, de texturas suaves y desgastadas por el devenir de las épocas es incapaz de hacer saber lo que fue hace mucho tiempo. 
Pues todo sucumbe al olvido. Todo cambia y se transforma, como una roca de la ladera de una poderosa montaña a formar parte de unas de las murallas de unas de las ciudades más importantes de todos los tiempos. De “roca” forjada en el crisol de la creación de todas las cosas a ladrillo de muro defensivo, para sucumbir a las poderosas mandíbulas del tiempo  y toda grandeza reducirse a un simple guijarro y de cantos rodados. Cuatro arañazos y señales que como herencia, hablan silenciosamente de lo que fue en un tiempo y que al igual que una caracola de mar, si se presta con atención y se le ofrece la mejilla se pueden escuchar los sonidos de una antigua civilización ya olvidada.
Callada y quieta, sin mostrar orgullo ni pesar, evidencia su verdad por lo que es, aceptando con valor su cruel destino… “de lo mas arriba hacia lo mas bajo”, en la palma de mi mano otros verían un simple guijarro de cantos rodados, sin embargo en ella sostengo la evidencia de donde provengo y la certeza de mi edad actual en este mundo. Cuando la contemplo, en esos momentos de incertidumbre y sin dirección, no aprecio a una simple piedra de río, pues en mi mano sostengo a “Arcur” el imperio más poderoso del mundo.
Ya hace mucho tiempo de eso…
En mi tiempo, tras mi promesa, mi estatus subió hasta llegar a ser responsable de una “centuria”: Una unidad de 100 soldados, nada menos que “la cuarta legión” con el clámide Púrpura. Una distinción imperial y  que junto con la quinta, formaban la guardia personal del emperador “Racredus III” el décimo quinto sucesor de la dinastía de “los Racum”.
Subir a un estatus tan importante no era fácil, y todo se complicaba si la sangre no era noble. En Arcur, para llegar a lo mas alto, requería, entre otras opciones, el acto de “Danur” en los circos: un titulo que se le ofrecía a aquel que  vencía en el foro a todos sus contrincantes. Tras el tributo requerido y empapar la arena de sangre de grandes guerreros, el iniciado recibía el “Danur Aruea”: una medalla bendecida por  la diosa “Lenarg”, la orellabak-mater, es decir: un sello y emblema que hacia saber a todos los ciudadanos la prueba de valor y lealtad al imperio. Tras este, todas las cosas podían ser posibles, incluso lograr la mano de una de las hijas de los regentes y familias mas importantes del imperio “Los Lasibas”, una pequeña comunidad de alta alcurnia que dominaban la política , una familia-estado, que solo los bendecidos por los dioses disponían de cierto acceso. El Danur Aurea, convertía al poseedor en “hijo del imperio”, la distinción  mas honorable que todo joven soñaba poseer desde “Ek-Teba” hasta “Od-Hait” pasando, por supuesto, por la tierra estado “Tarakubiat”.

Sin embargo, toda aquella grandeza reclamaba un último alto precio… Tras mi deseo ante el espejo de la cueva, el desafortunado pasado fue transformándose en un futuro prometedor. Tras mi promesa, mil almas a cambio de ser el mas grande soldado de todos los tiempos. Un saldo, que lamenté durante el resto de mis días.
Cuando las estrellas marcaron la constelación de “Pitonis” junto a la luna, los pueblos de “Etraón” se revelaron contra los dominios de Arcur. Todo el imperio se estremeció, cuando las dos ciudades cayeron en manos de “Los Utis”. Las temibles tribus del norte y de  “Las Tierras Baldias”. Sedientos de sangre y amamantados de furia por  su diosa “Sack- Abbur”,  comenzaron a saquear las aldeas y las ciudades portuarias, sembrando el caos a su paso y cortando las vias mercantiles de todo el “Mar Verde”
La cuarta legión, salio de Tarakubiat, al saber que las dos ciudades de Natiria y Napolirian habían caído tras los asedios de los insurgentes. Una misión en la que se puso a prueba  mi lealtad.
Tras varias lunas, Arcur recupero sus tierras junto con las montañas rodadas de Zor, la morada del espejo y de Sack-Abbur. Cegado por la codicia, mandé cerrar la entrada de la caverna sagrada de los Utis. Gran parte de  los insurgentes fueron arrojados al foso y para a la diversión de la plebe en “los juegos seculares”.
Todo el mundo lo celebró. Eran días de júbilo.
  Y mi lealtad, quedo demostrada en la pila al ser rociado con la esencia vital de la orellabak-mater “Lenarg” ante toda la comunidad de los Lasibas “.
La sensación de ser protegido y la fortuna ante mis pies era una especie de éxtasis, encantamiento y elevación que no podía controlar. Supe por primera vez lo que era sentir “el poder” en estado puro, rompiendo toda lealtad conmigo mismo y con lo que quedaba de mi perdida alma. El dulce sabor del reclamo de la plebe por haber aplastado a un enemigo que lo único que quería era defenderse de los intereses políticos de unos cuantos Lasibas.
No había barrio con tablones repletos de manjares y bebidas pagadas de las arcas del emperador. Desde “la via Sauria” que cruzaba toda la ciudad, cientos de  fogatas cocinaban lechones ensartados, terneros rustidos y paletillas de cordero adobadas y horneadas en las cocinas del palacio imperial. Cientos de barriles de vino, singulares bebidas  extraídas de la cebada fermentada,  como el embriagador “riso” de patata destilada. Todo era ofrecido a pos de una plebe que conforme pasaban los instantes sus cabezas se difuminaban entre las risas y las confusiones…
¡Pedantes, pomposos, necios,  y mentecatos!  ¿Quién iba a pensar que estábamos siendo parte de una sutil estrategia? Tras los muros de la ciudad más inexpugnable de todo el imperio, cientos de enemigos esperaban a las puertas. Agazapados y esperando la señal de su ama.

En las llanuras de Etraón, cerca de las montañas rodadas de Zor, se reconocía la morada del espíritu oscuro. El que  violaba los dogmas de los dioses y tras un espejo negro, concedía todos los deseos. “Ancorock”, la emperatriz del od-mundus” para los arcurianos. Y Sack-abbur  para los Utis, la traicionera “ madre de  abejas”.

En la ciudad muchos de los ciudadanos se encontraban fuera de si, aquellas bebidas cargadas de alcohol habían transmitido su propósito, la de embriagar a todo el mundo e incluso a las infranqueables legiones arcurianas. La ciudad se encontró a merced de los siguientes acontecimientos…
Al amanecer y con los primeros rayos del alba, las trompetas del exterior del recinto amurallado comenzaron a sonar.
Muchos de los soldados despertemos, tras oír en nuestras carnes el sonido trepidante del miedo, como si el ejército de la muerte estuviese tras la primera línea de defensa. Aquella resonancia hacia temblar los resistentes muros de los edificios públicos.
Seguidamente, un silencio… una brisa nos secó la garganta y nuestros pechos comenzaron a palpitar. Los que estábamos cerca de la muralla, pudimos escuchar como los generales gritaban a sus huestes para que comenzasen a disparar.
Todos corríamos: unos a la armería, otros tantos a avisar a los demás que se encontraban esparcidos por las calles. Todas y cada una de las legiones se encontraban esparcidas como las semillas en la tierra en época de siembra.
El pánico llego a su ceñid, tras las primeras oleadas de bolas de fuego. Los ciudadanos medio dormidos no sabían donde esconderse y los que corrían por las calles eran sorprendidos por los Impactos de las piedras al caer de los edificios ardiendo. Las calles estaban cerradas, siendo merced del incontrolable fuego que lo devoraba todo a su paso. La guarnición de defensa aun no estaba preparada y los insurgentes que se encontraban en el interior de la ciudad comenzaron a matar sin condición de edad y posición social. Una autentica matanza.
Cuando por fin la cuarta legión se pudo reunir, nos propusimos defender lo que el infierno no había devorado aun, el recinto imperial. Los jardines, abiertos para los pocos que supieron llegar al centro de la ciudad, comenzaban a ser un espacio reducido para tantas personas. Inquietas y llenas de incertidumbre se abrazaban con sus familias y rezaban a unos dioses que los habían abandonado.
Las trompetas, volvieron a sonar. Aquellos cuernos, reclamaron en aquel instante el segundo paso del eminente asedio: “el Cerator”.
“El Cerator” era una criatura del od-mundos, una especie de raíces que surcaban la tierra, como enormes enredaderas que salían del suelo y que atravesaban incluso la roca mas dura como si fuera pergamino. Tras sonar los cuernos del terror, el suelo comenzó a temblar, y como aquellas “cosas” rompían el asfalto de piedra con una habilidad sorprendente. Primero un tentáculo de grandes dimensiones una raíz que como una serpiente de agua atravesaba el suelo y cualquier barrera arquitectónica, de esta y como si de un árbol se tratase unos nudos que al abrirse comenzaban a salir miles y miles de abejas. Segundo, de la raíz principal y más gruesa, unos afluentes comenzaban a devorar todo a su paso. Como si aquellas cosas tuviesen vida propia agarraban las cinturas de los soldados mas valerosos y los cortaba por la mitad. Todo sucumbía a su paso, creando una atmósfera que desorientaba al hombre más valeroso de Arcur.
Y Entonces, en mi compañía, los escudos cayeron al suelo y el sonido del metal al chocar sobre el empedrado terreno, resonaba como “el eco del miedo y del deshonor”. Al girarme por un instante pude contemplar como  todos habían roto sus filas, corriendo y  huyendo como una manada de cobardes hacia las puertas de palacio.
  De los pocos que quedábamos en pie y al pie de la contienda, avisemos la fantasmagórica nube de aquellas alimañas que voloteaban hacia nosotros. Unos zumbidos que salían de aquella espesura que ocultaba el sol de la mañana. Miles de abejas hacia una sola dirección.
Las espadas eran demasiado pesadas y grandes para unos insectos tan pequeños. Las corazas no eran lo suficiente protectoras para aquellas abejas que se colaban incluso en el interior de los yelmos. Sin poder respirar y recibiendo constantemente esos terribles picotazos. La retirada fue nuestra única opción.
Encerrados en los espacios del palacio imperial, y creyendo que estábamos a salvo de nuestros enemigos, comencemos a preparar barricadas de manera rápida y precisa. Sin embargo, aquellos potentes y escurre rizos tentáculos del Cerator, atravesaron nuestras penosas defensas. Las raíces atravesaban el mármol craquelando a su paso y encargándose de los únicos supervivientes.
En medio de aquel caos y subiendo las escaleras de la atalaya corríamos desesperados por salvar nuestras miserables vidas, juntos como un grupo de ciudadanos en los que no importaba la posición social de cada uno, nos ayudábamos a subir para alcanzar aquellas alturas. Sin pensar, si aquello era una buena o mala opción.
Finalmente al llegar arriba, pude comprobar como nadie seguía mis pasos. Todos habían sucumbido al terrible monstruo y a sus poderosos tentáculos.
No recuerdo muy bien que es lo que paso después, ni como pude llegar hasta el torreón y cerrar la trampilla. Lo que nunca se borro de mi mente es que al día siguiente pude contemplar como toda aquella grandezas se había transformado en un paraje gris y repleto de cenizas aun incandescentes…

Lo poco de mortal que quedaba de mi, se rompió en mil pedazos cuando recordé el trato con el espejo  “…Mil almas a cambio..”