lunes, 10 de agosto de 2015

HISTORIA I "La reina de la lluvia". Capitulo 19 "Stele"



"Stele" 
A mediados del siglo I d.c. los romanos se morían de sed.
 La escasez de lluvias, el incremento de las temperaturas durante los 5 últimos años, y el crecimiento prematuro de la población, provocaron,  que el recurso que hacia que Roma fuera la primera potencia mundial, se viese doblegada por la falta de agua potable.
 El caudal de los acueductos era preocupante e insuficiente: las fuentes de las plazas publicas se mostraban secas y deshidratadas; los animales esparcidos por las praderas, tumbados al raso, sin aliento y secos; en los circos las fieras caían desplomados a la arena por insolación, en las gradas el publico se reían de unos gladiadores que perdían el conocimiento por el calor; las personas buscaban la sombra en las calles ya que las piedras de las vías quemaban “el solae” (cuero para la suela de los calzados)  de las suelas de sus sandalias.   Hacia meses que los  Acuíferos no rebasaban la línea minima de abastecimiento, y las reservas  se veían afectadas por la gran demanda de la población que hacían filas ante los templos en busca de la ración diaria de grano y agua.  
El imperio se encontraba al borde del colapso.
El  emperador, como única alternativa, mando una legión en busca de agua al norte de África. Los Garamantes de Germa, buscadores de manantiales del Sahara, hallaron un mar bajo el suelo africano y las noticias llegaron al ultimo emperador de la dinastía Julia-Claudia, el hallazgo izo que los consejeros de Nerón  fijasen su atención en el subsuelo del imperio de Roma.
Entonces en aquel tiempo, en la ciudad imperial, no hubo losa que no se levantara, dique y tapias que no se derrocasen. Mientras cavaban, la multitud se aglutinaba ante los exploradores extranjeros lanzándoles piedras y quejándose a sus centuriones “de no hacer enfadar al rey del Hades, allí donde cavaban tan solo  encontrarían los vestigios de las laderas de la laguna Estigia”. Los ciudadanos de Roma, sufrían la cólera de sus dioses por el azote de aquella sequía y no querían presenciar la furia de quien gobernaba el inframundo. Sin embargo los legionarios, sin espadas y escudos, seguían picando el suelo. La sed los estaba transformando en personas sin raciocinio, nerviosas y sin comprensión. Aquel calor era sofocante y casi no se podía respirar. Tenían mucha sed y el agua no aparecía.
En los tiempos de Nerón, una pequeña sociedad que realizaba sus sermones junto al foro, reclamaba la redención y el perdón de los pecados por que “el fin del mundo” estaba cerca. Las enfermedades, a causa de la falta de agua comenzaron a ocuparse de los hijos sin importar condición y estatus social; esclavos y hombres libres morían deshidratados en sus lechos por el cólera y la hepatitis.  En plaza los cristianos persistían: “¡arrepentíos!”, mientras que en las calles se percibía un hedor repugnante, una peculiar esencia, que desde las perforaciones, una especie de vapor surgía de las grietas, un curioso vao que recordaba al oráculo de Delfos, gases almacenados en la corteza terrestre, amarillos, tóxicos y muy inflamables.
Roma llego a su clímax cuando el incendio asolo los barrios más importantes de la ciudad y cercanos al “Circus Maximus”.
Las palabras de los cristianos, comenzaban a tener sentido, cuando miles de personas quedaron atrapadas entre las llamas y los edificios públicos se desplomaban encima de ellos. La fe que había venido de oriente, tras la ejecución de su rey judío, calaba amargamente en los corazones y mentes de una sociedad asediada de una serie de infortunios. El dios de los cristianos los estaba castigando a todos despiadadamente por su perversidad y egoísmo.
Sin embargo ellos no tenían nada que ver. Los cristianos se dedicaban ayudar a toda esa multitud de personas que habían perdido gran parte de sus vidas en las llamas. Los gases almacenados en la tierra habían salido al exterior y con la ayuda de las altas temperaturas se habían inflamado apareciendo el fuego en diversos puntos de los barrios circundantes al “Circus Maximus”.

Al cabo de unos meses… llegaron noticias al senado: lo que  habían encontrado los Garamantes en África,  se hallaron los mismos vestigios en el subsuelo europeo: miles de riachuelos subterráneos conectaban en distintos puntos del imperio, como si la madre tierra fuera “hueca” y el elixir de la vida fluyera como un regalo de los dioses a su pueblo. Desde Roma hasta Agripina, De Jerusalén hasta  Bizancio, de Atenas y atravesando  el mar hasta Cartago, desde Tarraco hasta Lutecia y de Tolosa hasta Londinium… Un basto océano  de agua dulce bajo el Mediterráneo y la corteza terrestre europea, desapercibido para los mortales durante miles de años. Cavidades colosales y huecas, ríos y arroyos que transcurrían en una total oscuridad por grutas repletas de vapores venenosos. Agua pura y fresca   que transcurría por todo el reino del Hades que desembocaban en una especie de lago titánico y junto a las cámaras volcánicas de lava, que por algún motivo, transformaban el agua toxica y sulfurosa en potable.
 Por fin, “el oro transparente” había sido encontrado.

Tras varias semanas, el agua brotaba por doquier y los ciudadanos del imperio comenzaron a tener esperanza. Los famosos libros sibilinos, volvieron a estar en las mentes de la sociedad romana. Aquel oro transparente, inundando nuevamente las plazas y sus fuentes, propició el resurgir de ese  credo ya olvidado sobre la visionaria  Sibila de Cumas, la que conocía el mundo subterráneo y los futuros infortunios de Roma, la que pidió a los dioses el don de la inmortalidad y se olvido de reclamar “ser  joven por siempre jamás”. La gran Sibilina de los antiguos y la que escribió el futuro de la segunda Troya mas allá de 5 mil años. En los foros, también se mencionaba al héroe que bajo al inframundo y contemplo el libro del  destino de los hombres. Eneas, hijo de la diosa mas hermosa del panteón de los dioses, unos de los príncipes de Troya, cuyo destino marcado por los dioses era la de crear una nueva sociedad troyana. Hijo de Afrodita que huyendo de las hordas griegas de Amaguenón  fue aparar a las costas de Cartago, donde su amada Dido le ofreció unos de los tesoros mas importantes de la humanidad: Una tabla cuyos textos  hablaban de un tiempo, en que existió un imperio que gobernaba a todos los hombres, símbolos grabados en la roca, que no cesaban de mencionar  a “los pueblos del mar” y una poderosa ciudad llamada “Arcur”.
La ideología de Roma volvió a recuperar su vigor, y con las bocas bien saciadas de agua, la fe de los romanos sobre “Eneas” se volvió más contundente ante una pequeña minoría que habían sido expulsados de sus cuevas y catacumbas. Los cristianos injustamente, culpados por las inclemencias y la hambruna que azotaron el imperio, fueron perseguidos y torturados hasta la muerte.

Los días y las noches fueron pasando, las multitudes de lunas llenas fueron trasformando la antigua tragedia en anécdota, con los años la terrible situación del suministro de agua fue convirtiéndose en una leyenda urbana, una de tantas historias que los ancianos solían contar a los pequeños. Hasta que finalmente y con la nueva ley del emperador Arcadio sobre la persecución del paganismo, la certeza y los credos de Roma quedaron sepultados  bajo tierra. La edad del Cristianismo había empezado y todo templo y representación de divinidades paganas, fueron destruidas, desde Anatolia hasta Britania, desde Germania hasta Cartago.
El conocimiento sobre el mundo subterráneo, junto con sus entidades y credos, quedo sepultado para siempre.
Hasta que nuevamente, el imperio más importante de la historia de la humanidad se vio afligido por los pueblos del norte: Los bárbaros.

“Meritriz”
Un refugio de mujeres, de esposas y doncellas, de niños huérfanos, cuyos padres y maridos fueron aniquilados durante los asedios de los pueblos del norte en el 476 d.c. Apartados del exterior y privatizados de los rayos del sol, cientos de mujeres tuvieron que construir una sociedad “sin hombres” y a merced de las inclemencias del destino. “Meritriz” la hija de un cónsul de Roma, de la casa de “los plutarcos”, familia que regia unas de las villas en el sud de África,  una de las vestales del templo de la diosa frigia Cibeles. La ultima regente de Roma. Y la que gracias a ella hizo que la descendencia troyana no sucumbiera, nuevamente,  en el abismo.
Tras los últimos días del imperio, todas las ciudades fueron brutalmente saqueadas y entre sus ruinas, esposos y hombres valerosos dieron sus vidas mientras que las mujeres y los niños se ocultaron bajo tierra.
Tras los saqueos, Europa se sumergió en una era de oscuridad, mientras que en las cavernas, se gestaba una nueva sociedad fundada por mujeres. El futuro de la humanidad se mantenía en el regazo  de una de las oquedades más grandes de la corteza terrestre. Sin luz del día y con la calida y temblorosa iluminación de las antorchas, esperaban a esposos que no nunca más volverían a sus brazos. Mientras que Europa se sumergía en una era de incansables guerras por el control del poder, aquella pequeña sociedad femenina, conspiraban sin la presencia del sol y bajo tierra lo que debería ser la autentica ideología romana. Hambrientas y con la pálida luz de las antorchas, relataban las historias del gran Eneas y recordando los saberes de la gran sibilia. Encerradas y cercanas al reino del Hades, aprendieron a vivir en la absoluta oscuridad y en la eterna noche sin estrellas, junto a las flameantes luminarias y las húmedas rocas de aquellas grutas. Aprendieron a no tener miedo, forjándose así a un tipo de mujer capaz de afrontar la edad oscura de los pueblos del norte.
El tiempo transcurrió por entonces y las hijas relevaron a sus madres con unas nuevas enseñanzas sin la mano masculina por el medio. Jóvenes  e intactas como flores ocultadas por una eterna nocturnidad, ansiosas por ser apreciadas y con una pequeña ansia de salir al exterior, deseo que crecía con el devenir de los años. Debajo tierra, solas y olvidadas, en una de las grutas encontraron una especie cúpula donde la imagen de una diosa gobernaba el lugar y sus infinitas galerías. Una entidad  de piel escamosa y perlada, con el rostro mas hermoso y tocado por la misma Afrodita, con una cola esbelta y alargada…. Aquel ser, les recordaba a una reina, una soberana de infinitas grutas y galerías. Como la reina de las abejas y el subsuelo su panal y legado. Ellas se vieron, como iniciadas hacia algo mucho más grande, eran como semillas en el vientre de la tierra, que nutridas por la oscuridad sus vidas se transformarían en algo más bello, como un gusano de seda en mariposa. Ellas eran sus hijas cuya futura prole merecía ser gestada en sus vientres por la semilla de hombres poderosos.
Entre ritos y promesas, todas ellas juraron lealtad a su diosa-reina. Un convenio que les permitiría salir al exterior para  derrocar a un enemigo más poderoso que ellas mismas, sin armas que portar y con tan solo un sutil plan: dominar el mundo y disponer de la fuerza y vigor de los hombres en la palma de su mano. No servían hombres pobres y necios, ni valerosos y honestos, su vientre requería del afecto, solamente de reyes o gobernantes de hombres. “Una única estirpe, una sola sangre”, de reyes cuyos destinos hubiesen sido tocados por los dioses.
Una conspiración y trayectoria hacia un nuevo orden en el que solo ellas gobernarían el mundo, tras el anillo y descendencia primogénita femenina: Cada una con un rey o emperador, al lado de un trono y gobernando junto con sus esposos, Ellos “a los hombres” y Ellas “a ellos, y al mundo entero”. 
 “Todo por el bien de la humanidad, todo por el bien de la colmena”
A la diosa de las cavernas  la llamaron “Vestal”
 Y a su despiadada hermandad: “la orden Kore”.

(Florencia, 1433)
Una niebla  espesa cubría la “via Sarte”, como si  la noche  reposara en un lecho de algodón para resguardarse del frío suelo empedrado del barrio de las costureras. En uno de los establecimientos un carro con techumbre de madera, alargado y con dos caballos negros. El acompañante del auriga, un sujeto alto y delgado a pesar de sus gruesos atuendos, se baja del vehiculo con una de esas lámparas con un cirio en su interior. En el portal había tres personas.
.- Aquí tenéis señor! ¿Supongo que el peso os es familiar? (dijo entregándole una bolsa llena de monedas)
.- Por supuesto Ravenus, estamos para servir a su amo.
.- ¿Cuidaran bien de nuestra pequeña? (dijo una mujer adulta y preocupada por su hija)
.- Annie, no digas tonterías! Ya lo hemos hablado… esto nos ayudará a seguir nuestras vidas… (Contesto su marido)
.- Pero Josepe…
.- Lo se… lo se… ahora les pertenece.
El señor Ravenus. Un hombre mayor, alto y esbelto, cuyas manos huesudas se apreciaban incluso bajo los guantes negros de cuero. Su trabajo era el mismo de cada año, una vez comenzado el otoño y sus caprichosas lluvias, recorría los barrios bajos de las ciudades mas importantes de Italia, para encontrar ese “producto” tan necesario para los intereses de su “amo”: jovencitas vírgenes, doncellas hermosas, y para pasar desapercibido, de baja alcurnia.
Los impuestos azotaban las polvorientas arcas de los artesanos y el pago por “una tercera hija” permitían a esas pudientes familias un soporte de recursos necesarios para sobrevivir.
El sujeto ensotando, levantaba la túnica de aquella jovencita: ojos verdes claros como dos esmeraldas, una carita fina con una nariz pequeña y chata, labios pequeños  cuyo tacto todavía no habían apreciado el beso traicionero del amor. Un ángel resplandeciente en la noche oscura, una flor que no duraría ni un instante en el barrio  de “la Tarpeya” cercano al puerto en la ciudad de “Pisa”.
Ravenus, pensaba lo mismo de siempre: “Otra mas”. Otra de tantas flores arrancadas de su lecho verde y prado de primavera, robada caprichosamente para caer en las manos del menguante destino, para marchitarse en el camino y perder asi la dulce esencia de la inocencia.  Ojos llenos de vida, de esa gracia que rebosan de deseos aun por cumplir, cuan distintos serian al cavo de un tiempo…
.- Subid! (Dijo el sujeto con ojos saltones y delgado como un palillo)…  y acompañad a las otras.
La doncella prudente, subió aquellos escalones que sobresalían del carromato. Una techumbre, una ala que cubría los asientos traseros al conductor. Donde una mujer con una tunica  verde y aterciopelada, le ofrecía la bienvenida.
.- No temáis, mi pequeña… (dijo aquella mujer bien arreglada y acariciándole la cara de la llorosa jovencita)… pensad que vuestra vida ofrece a vuestra familia la oportunidad de seguir en este mundo. Se lo que sientes… yo también eche de menos a mis seres queridos… pero ¡miradme ahora!...
La comadrona o delegada, abrió la puerta del carromato. Y la jovencita cruzo apenada y angustiada por lo que estaba presenciando.
En aquel instante! De la espesura de la niebla unos gritos…
.- Señor! Esperad!...
Ravenus a punto de subir, se giro… y quejándose de la humedad en sus huesos miro hacia atrás y a   regañadientes. Un hombre encorvado y con cierta dificultad al caminar. Cuando más se aproximaba, la niebla difuminaba un rostro de cierta edad y con un bigote con ciertas virutas de serrín. En su mano derecha, un acompañante de baja estatura.
.- ¡Un momento! (le dijo  Ravenus al cochero)
Aquel pobre hombre respiraba con dificultad.
.- Mi señor… perdonarme… soy Andre, el carpintero. (dijo recuperando el aliento)… os entrego a mi única hija “Stele”…
.- Vamos! Senior Brad! ¿No veis que estáis molestando al caballero?... dudo que al señor Ravenus le interese vuestra hija… (dijo uno de la familia  de la doncella que acababa de entregar que aun estaban presentes)
.-  Cornelius!... callaos!... eso no os concierne a vos! Que decida el señor…( El carpintero empujo a la joven hacia la temblorosa luz del candil)… si… lo se…no tiene nada que envidiar  a las demás,  pero su corazón es noble y gentil.
El señor Ravenus, la examinó… una buena figura... de complexión fuerte y femenina, una buena mujer para engendrar vástagos y formar una gran familia. No era lo que buscaba… Una vez despojada de su capucha, intentando encontrar una escusa para no quedar mal,  el examinador contemplo aquel rostro tan peculiar… ojos claros y serenos, como el resplandor del oro o la miel, de cabellos rojitos y castaños, revoltosos y desaliñados, con un detalle en el labio superior “modelado por el dedo del ángel de la guarda” que   silencia al recién nacido por que ha visto los secretos de la vida. Una señal, que la hacia diferente a las demás, sin mencionar aquella mirada llena de fuerza y cargada de energía. Ese tipo de sensación de estar delante de una persona “rara” y extraña.
Ravenus, busco en su zurrón y de este extrajo una bolsa de monedas. .- ¡Tened!..

Stele, subió callada por aquellas escaleras adosadas al carro. Contemplo a la encargada y mientras le decía lo mismo que a la otra,… y sin hacerle caso a sus meras y falsas palabras, fijo su mirada en aquella especie de broche de su tunica aterciopelada: Una especie de serpiente enroscada en una “V”. Le sonaba… pero no sabia “Por qué”, ¿Tal vez en uno de esos sueños suyos?... No importaba… ni siquiera que su tío la vendiera por unas simples monedas. En su casa no era querida desde que vino de las gélidas tierras más allá de los Alpes. Y aquel acontecimiento era uno de tantos en su miserable vida. No era la primera vez que era intercambiada por algún tipo de bien, desde el Rin hasta el rio Arno. Por eso, y al entrar en el interior de la cámara del carro, su actitud contrastaba con aquellas mejillas sonrosadas y de ojos llorosos. Ella no era de ninguna parte. Pero en dentro de si misma sabia que llegaría su momento, en que seria dueña de su propio destino. Pero antes debía de pasar por aquella hambruna de libertades. Ella sentía como su camino era franqueado por una poderosa espesura como las murallas de una fortificación inexpugnable y que tras ellos, tras esas piedras algo haría que fuese libre por fin. Sin tener que pertenecer a nadie y a nada. Debía de ser fuerte…sabia muy bien lo que los hombres les hacían a las jovencitas hermosas. Tal vez, no sabía ciertas cosas. Pero el maestro de la vida le había mostrado la frialdad de los hombres y la caprichosa codicia de las mujeres. En el mundo no había gente buena. Pero algo le decía que aquello era el comienzo de algo nuevo, duro, tenebroso, frío como la cavidad de una gruta en la que se contempla desde adentro la maravillosa luz del día.

Tras varias horas de camino en plena madrugada, el carro se paró en una especie de camposanto. Una vez allí, todas bajaron, obligadas a ponerse en fila “una al lado de la otra”. El miedo era intenso y se podía percibir en las mojadas calzas de cada una de ellas, menos la de Stele. Su corazón había comenzado a palpitar ante aquella inesperada parada en medio de la nada. ¿Qué hacían allí?

La escenografía del lugar era espantosa: zanjas y cruces por doquier, donde la tenebrosa música  de las criaturas de la noche resonaba  junto con la brisa fría que hacia bailar las endemoniadas ramas de los árboles. En aquel instante, los búhos recordaban los gritos de las almas en el purgatorio. Todas se acurrucaron entre ellas, pero a sorpresa de las presentes y bien tratadas al principio, la encargada o comadrona comenzó a fustigarlas con el látigo del auriga, obligándolas a que se pusieran en fila.
.- “Insolentes y mimadas! Poneos en fila!
¿Qué había sido de aquella mujer tan carismática y comprensiva?
.- ¡Silencio! (Dijo Ravenus firmemente y cogiendo la mano de aquella nerviosa y alocada fustigadora. Tras lanzar con fuerza el látigo al vacío de la niebla, se dirigió al grupo de jovencitas.)
En aquella mirada de fuego, el aliento humeante de su boca al respirar de rabia, el señor Ravenus intentaba reponerse de aquella exaltación. Sus ojos conspiraban con la densa niebla del lugar, encendidos y abiertos, ofreciendo una posición imperante que merecía un temeroso respeto. Todas se callaron. Tenían mucho miedo.
Sin embargo una de ellas se adelanto, no mas temblorosa que el resto.
.- Ra..Ra..Ravenus ¿verdad? (dijo apretando sus puños para mantenerse en pie y no desmayarse..) Nos dijeron que… formaríamos parte …de una comunidad donde se nos trataría con cierto respeto…
El silencio gobernó por aquel instante.
El señor Ravenus, la miraba a ella. Lo admitía; estaba sorprendido por aquellas palabras y el valor de la jovencita de cabellos negros. Tras presenciar la penosa actuación de la joven, se acercó a ella.
.-  Volved a la fila. (Dijo firmemente) ¡AHORA!
Escuchadme. Vuestro mundo… al que pertenecisteis en un tiempo, ¿Cómo lo podría decir?..¡Ya no existe! ¡ ya no formáis parte de el!. Ahora… nos pertenecéis. Vuestras manos, vuestros rostros, vuestros cuerpos son de nuestra propiedad. ¡Vuestras miserables vidas de mierda nos pertenecen!. ¡Si decimos  “poneos en fila” obedeced! Si decimos id a ese lugar “moveos” sin vacilar! , ¡Comer!, ¡Cagar! ¡“Mear”!...  ¡Me importa un carajo lo que penséis!. Obedeced.

Encorvadas y temblorosas, se fueron incorporando de nuevo.  
En aquel lugar, aun persistía la coral y los sonidos de la noche. Una vez disipada la niebla, unos estandartes junto con una especie de carpa púrpura, comenzaron aparecer ante ellos. En la campaña una especie de trono, cuya sombra y oscuridad de la noche no dejaba ver con claridad el rostro de aquella siniestra figura.
En aquel instante, unos susurros en un idioma antiguo provenientes de aquella carpa, hizo que los ruidos de la noche se callasen. Palabras pronunciadas que se repetían en aquel lugar como los ecos de los espíritus de otro tiempo. El reino de la oscuridad, ceso en aquel momento. Voz que salía de aquella boca femenina que se triplicaba  fundiéndose con el aire, una sola frase en aquel dialecto y millones de ecos huecos y susurrantes calaban en los huesos de las presentes. Palabras nada molestas y agradecidas al tacto auditivo pero terroríficamente misterioso. ¿Quién era aquella mujer, que gobernaba a las criaturas de la noche sin el permiso del todopoderoso? Desde su trono, la reina del misterio, era capaz de estar presente sin estar delante, capaz de acariciar el cuero cabelludo de unas de las escogidas sin necesidad de la gema de sus dedos. Una áurea que desprendía desde aquellos 5 metros de distancia una especie de esencia que provocaba placer y satisfacción sin importar condición de sexo. La reina de la lujuria, podía contemplar desde aquel lugar y sin aproximarse, el olor de los deseos y el palpitar de aquellos corazones temerosos. Percibía en el sudor, las debilidades y enfermedades que pudieran tener y que no se podían apreciar a simple vista. Unas manos invisibles, desataban los cordones del corsé de cada una de las presentes, despojándolas y mostrando únicamente el plexo solar. A la reina de hierofante, le atraía un elixir en especial, algo que los mortales eran incapaces de comprender.  El conocimiento del corazón.
Todo el saber, desde cuando se nace hasta el final de sus días, se almacenaba en el cráneo; recuerdos y experiencias que nutren las neuronas del celebro. La vida radicaba en la cabeza. En cambio “el Corazón”, contenía toda las esencias de todas las experiencias y sensaciones. Un ser poderoso dispone de todo aquello en cuanto posee, y sino, conspira con las fuerzas que mueven todas las cosas para atraerlo. Sin embargo, su fuerte coraza, vacía, vacante y hueca precisa de esa mente que las personas tienen en el pecho.
Una tras otra. La entidad, sentada y gobernante en aquella banqueta bajo la techumbre de la carpa púrpura, contemplaba con su poder la verdadera esencia de cada una de las elegidas. Sus atuendos sucios y descuidados por las inclemencias del viaje, se despojaban sin más. Desnudas tan solo por la parte de arriba y mostrando la parte del corazón. Ese rubí, parpadeante, palpitante aura roja, proporcionaba a distancia esa tan requerida información a la reina de la noche.
Estaba molesta. Furiosa. Pues entre aquellas flores no encontraba la más indicada. Ninguna de ellas poseía ese tipo de “magia” o energía que le permitiría nutrir su desgastado poder que había menguado durante los últimos años. Doncellas de rostros hermosos, de figuras que nada tenían que envidiar con el resto de las de su edad, pero de corazones corrompidos y sucios, devastados por el posible reclamo de sus pretendientes en esas noches en que sus padres dormían. ¡Necias! Y ¡Mentecatas! Que no saben apreciar el regalo de la vida.
Pero una de ellas, era distinta.
Cabellos castaños, rojizos y desaliñados, de 1,55m de altura, de complexión fuerte y la menos esbeltas de todas. La del corazón parpadeante y azulado. Puro como el oro y transparente como el agua.
La entidad, nerviosa e impaciente, intentando comprender que era lo que tenía la doncella mas gentil de todas ellas, se levanto de su trono.
.- ¡Tu! (dijo la regente) acercaos…
La muchacha de harapos, se aproximo temblorosa. Comprendiendo, a cada paso, la sombra que cernía a la voz de aquella carpa y su trono:

“Una mujer sentada en una especie de baqueta, cuya piel  escamosa y perlada resplandecía en la inmensidad de la noche y por el reflejo de la luna”