lunes, 29 de febrero de 2016

HISTORIA I: La reina de la lluvia. Capitulo 25 "Desesperación"



"Desesperación"

La riqueza y la fuerza de un reino no radica en sus tesoros… ni en la cantidad de joyas y oro…
“La corona no hace al Rey”
Cualquier feudo con una población enferma y menguante, castigada por sus desorbitados impuestos, por la avaricia de sus defensores o regentes, es una tierra perdida…
 “Al poderoso y gobernante de hombres lo hace el pueblo”.
 …como la montaña lo hace todos sus habitantes, desde la diminuta e inerte arena hasta la más robusta de sus rocas
El más fuerte y capaz de las criaturas de este mundo, no suele comerse al más pequeño…  La vida, siempre, se abre paso… desde lo más insignificante y verosímil, en medio de un entorno hostil y despiadado…
… la capacidad de adaptación y el sello de la oportunidad, junto con el deseo de evolucionar…
… hace que la piedra más pequeña y  despreciada  pueda derrocar al más poderoso de los tiranos y sucumbir  a toda una civilización en lo más profundo del abismo.
Un deseo. Un objetivo. La continuidad de la especie se basa en la “auto-perfección” del individuo, un micro cosmos creciente en expansión e infinito.
Siempre ha sido así. Como una simple lagrima de rocío que cae en un estanque de apaciguadas aguas y que con su impacto hace que toda su masa tiemble ante su diminuta presencia… como en todas las cosas… como el complicado mecanismo del universo.
Todos los seres de este mundo lo saben, desde el más grande de las manadas hasta la criatura más pequeña de una simple camada… el que abre los ojos ante un nuevo mundo suele ser bendecido por “la grandeza de la vida”, la sabiduría por excelencia, callada y susurrante tras el palpitar de un diminuto e importante músculo que todo lo mueve… el latir de la vida… el palpitar  del verdadero motivo de por que estamos todos aquí, “el rey de reyes” de todas las cosas, el corazón puro como el oro que emite esa frecuencia tan sutil y desapercibida, desde su oscuridad, en el interior de cualquier pecho, el que persiste y lo  llena todo de una extraordinaria fuerza. El amor, no solo es el rey de la luz, también gobierna a la oscuridad.
El verdadero regente, es aquel que comprende su sacrificio para que los intereses de sus vástagos logren ser mejor que el mismo, como la mantis religiosa cuyo macho acepta la copula con la hembra a pesar de su desafortunado destino, su vida por la promesa de su descendencia.
El vientre sagrado, la supervivencia de la raza, hace que cualquier criatura femenina de este mundo sea consagrada por la madre: El primogénito punto donde nacieron todas las cosas.
El que se deshace de ellas, esta en contra de algo muchísimo mas grande que el mismo.
Una  sola lagrima roja  de esa importante sangre, es motivo suficiente para la naturaleza, y obtener la escusa perfecta para deshacerse de aquellos que están en contra de sus intereses.
La razón, nunca cambio. Siempre y desde hace miles de años, el objetivo fue el mismo: Evolucionar en la tierra para crecer y conquistar el exterior.

La verdad puede esconderse. Oculta tras diversos velos de papiros y signos,  encubierto y disimulado, por aquellos  que escribían la historia desde su propio punto de vista. Miedosos y codiciosos por saber la certeza de que no son tan importantes como creían serlo, cuando la verdad esta presente  y constante en cada una de las miradas, tras los malos pensamientos y las decadentes deducciones de mentes privilegiadas y honorables. Una certeza imposible de ser sepultada.
El verdadero sentimiento, ese  regalo de la vida que se nos brinda a cada una de las criaturas de este mundo, se nos fue negado con el devenir de los tiempos, y por ende fuimos esclavos de nuestros propios anhelos.
El corazón, siempre fue nuestro. Pero el mundo siempre fue de ellas.
Todos hemos creído que el mundo fue gobernado por los hombres, regentes, que con su dureza y disciplina forjaban las sociedades en un crisol repleto de leyes. Pero tras tales tronos de hierro, detrás del telón del poder y de miles de tratados militares y políticos, “La orden de las Vestales” o “la Orden Koure” tejían  su propia trama de poder. Silenciosas y desapercibidas como una araña en un rincón, tejiendo su complicada tela, mas frágil que la ceniza que se deshace con la yema de los dedos, pero impecable, letal y precisa como el aguijón de una avispa. Ellas siempre silenciosas ante la tinta y la pluma de los escribas de las naciones, inadvertidas con su propio código femenino en cenas privilegiadas, eventos históricos e importantes y de alta alcurnia, dialecto  incomprensible para los hombres, como el antiguo habla del viento y la danza de las ramas de  los árboles, sus señales, gestos ocultos,  maquillajes, vestuario pomposos y costosos perfumes... Leales súbditas en su trama y cometido, futuras y buenas esposas que solo ofrecían su devoción a una sola persona, su  regente,
“Regina Matter”.  Marcadas por la marca de “la colmena”, un sinuoso y esquemático dibujo en la sedosa piel de cada una sus vestales: El tatuaje de una “mariposa negra” con un aguijón o una mera representación de una “abeja negra”.
Mientras que los hombres se disputaban como lobos hambrientos las tierras de sus hermanos y manchaban sus escudos heráldicos de sangre en anillos dorados, sus obedientes esposas recaudaban “el néctar” de esa ansiada flor de poder con sus delicados favores a expensas de dueños que teñían de rojo las campiñas de los menos favorecidos.
Todo… por el bien de sus vástagos de sangre noble.
Todo… por el bien de “la colmena”.



Florencia , año 1410

Cuando los soldados entraron en la cámara de Samuel Crock se quedaron parados. Ante ellos una figura siniestra: Un ser oscuro, una entidad fuera de lugar, ensotando con una mascara de “un chacal”, brillante y negra, como los antifaces  dramáticos  venecianos y con un prolongado morro, el rostro de un perturbado o“ arlequín” de orejas afiladas tiesas hacia arriba , una expresión facial bien marcada, boca   exageradamente triste, sustentada con unos pómulos acentuados y ojos tan oscuros como el material de aquella careta sombría y adversa. La túnica pardusca  de seda era su cuerpo como la viva imagen  del fantasma de la noche y los difuntos, como “Anubis” el dios egipcio del inframundo, el regente de los hombres del más allá.
Samuel, no estaba en aquella sala. En vez de el, una enorme criatura con unas dimensiones que superaba la condición humana con creces.
Los soldados estáticos como esculturas de piedra ante aquella aberración, esperaban encontrar a un hombre de mayor edad, dedicado y doblegado en su tarea. En lugar de eso, un demonio de la noche, alto y fornido.
 Como si el fin de sus días hubiese llegado en ese mismo instante y  la muerte prematura les hubiese alcanzado a todos súbitamente… aquellas miserables victimas de metal intentaban tragar esa saliva por un gaznate completamente seco.
Las armas, pesaban tres veces más de lo habitual. Los cascos y yelmos no podían retener aquella sudor prematura e incontrolable. El valor se concentraba en unas piernas inquietas y paralizantes.

¡En aquel instante!
Aquella representación diabólica y fantasmal, levanto su brazo derecho hacia arriba. Sin mano ¿o tal vez era un guante negro? La cuestión, es que en su extremidad había una especie de “garra”, un  artilugio que sabia captar el brillo de la luna por su composición plateada, con dedos huesudos y uñas extremadamente afiladas.
El mecanismo hizo que “aquella supuesta mano” saliese disparada hacia la cristalera abovedada. El ruido de los cristales al romperse se hizo mas aterrador. Aquel artefacto  fuera de su época parecía ser muy resistente, permitiendo entonces, que el demonio de la noche oscura, volase y se fundiera con las tinieblas, formando parte del mundo de las sombras y sus criaturas. Los pedazos de cristal de la bóveda, cayeron encima de lo que parecía ser un escritorio o mesa de despacho. Finalmente “aquella cosa” se había ido como lo haría un hierofante o un tratante con el señor de las tinieblas.

Seguidamente, tras la escena del fantasma, unas botas cruzaban el umbral de la cámara de Samuel Crock. Era un calzado militar de un prestigió indiscutible. A pesar de su tesón en cada paso, su dueño, tenia una forma femenina: cabellos largos y rizados, entrelazados en una armadura de hombre.
.- … (esbozo, un gesto como una mueca de sorpresa ya percibida, una pequeña sonrisa de labios de mujer, mientras caminaba hacia los escombros)… “sr Crock”….¿como no?...

Algunos cristales de la cúpula terminaban de caer. Dorothy se acerco a los vestigios de la techumbre perforada. Aquella mujer soldado, contemplaba el sollozar de la esfera blanca y la regente de la noche. En sus ojos también llegaron los cabellos blancos y lisos, dibujándose la luna, como un reflejo en sus pupilas.
.- ¡Sire! ¡No hemos encontrado nada! ¿Tal vez ese demonio negro se la haya llevado?
Se escucho detrás. Un soldado había entrado en la cámara del sr Crock, sudando y agotado, como si hubiese recorrido todos los caminos de la Toscana en una sola noche.
.- No lo creo Gascón… (Dorothy contemplaba la luna como si esta le fuera a revelar los secretos de la vida en la noche)… No estamos aquí solamente por “ojo”…

Dorothy conocía muy bien a Samuel Crock. Su talento, tan respetado por todos los papas que habían ocupado el trono de san pedro durante décadas, era digno de admirar. Solo el conocía la forma de hacer templar cualquier tipo de metal. No importaba su dureza, de alguna forma sabia como trabajar cualquier mineral, aunque viniese del mundo de los dioses o del mismo averno.
Había escuchado rumores de que el ojo azul había sido depositado, a buen recaudo, al bueno del sr Crock. Hay cosas que un sicario debe callarse. No importan las consecuencias. Siempre hay que ser leal a tu jefe, pero a veces y de vez en cuando, hay que saber salvar las diferencias.
Desde hace varias semanas había escuchado sobre los incidentes de extraños asesinatos por la zona. Ir de “aquí para allá” comenzaba a ser una estúpida rutina; Muertes extrañas de personajes de la alta aristocracia, victimas de posibles enfrentamientos con las tribus de los barrios florentinos, pequeños y caprichosos reyes, apostando, robando y aplastando a cualquier que tuviese pelotas para desafiarlos. La sangre parecía satisfacer a las fieras de las calles y a sus sicarios. No. Dorothy sabía que detrás de todo esto había una mente muy poderosa. Ninguno de esos mal nacidos se atreverían a morder la mano que les da de comer, y menos tocar la piel delicada de un noble y sus sirvientes. ¡Humanos ineptos y mentecatos! Niños jugando a ser hombres, ¿si supieran quien realmente les esta gobernando?.... Esto era obra de otra cosa. “El Sotanaty” tan solo se ocupaba de sus victimas por una razón aristocrática y de poder, asuntos políticos diría…. El ya había estado entre nosotros durante varias épocas. No puede ser un solo hombre vestido negro y menos el ingeniero mas respetado de toda la Toscana. Además, ya hace tiempo que estuvo entre los pensamientos de los florentinos cuando la contienda entre “Papas” estaba en carne viva, “el cisma de occidente” no daba para tanto alboroto. Ni si quiera tenia que ver con los grupos que defendían al poder del antiguo titulo del emperador de reyes o la corona sacro imperial germano.
¿Insurgentes con perfume de mujer? ¡Diablos!... ¡últimamente el mundo parece estar volviéndose completamente loco!.
Por si fuera poco, el problema en cuestión. Las cosas se complicaban mas y mas. Tenía que encontrar la forma de cómo lograr su principal objetivo. Pero… ¿donde?

Dorothy fruncía el ceño. El hecho de que no estuviera el banquero con la gema azul le preocupaba, pero no tanto… Había otra cosa mucho mas importante que simples mandatos de uno clientes pedantes y barrigudos que deseaban tener “la dama azul”. Una cuestión, que el sr Crock era la clave para poder proseguir en su principal objetivo.
Apretaba los dientes de rabia. Todas las misiones encomendadas durante toda su carrera habían sido un éxito, sin excepción, sin fallos. Pero el hecho de encontrar a un solo hombre, parecía que últimamente estaba perdiendo esas facultades que le habían hecho llegar en donde estaba ahora. Un puesto como sicario de los banqueros más importantes de  Europa, al servicio de los estados pontificios y lo más importante, paladín, soldado y caballero, posición aristocrática que le permitía moverse a son de sus propios intereses a pesar de su condición femenina. No estaba satisfecha. “Un león es dueño de toda la miserable vida que le rodea”, cuando quiere algo es suyo y ya esta. Muy distinto si se trata de una mujer. El mundo y las épocas siempre estuvieron dispuestos para los varones. Siempre ha sido igual. Una niña nace marcada con el sello de la esclavitud en la frente sin importar su cuna y clase social. Si nace con el don de la ambición, debe superar con creces todas y cada unas de las barreras a su paso, y si lo consigue, siempre tendrá el mismo problema. Si fuera un hombre todo hubiese sido mas fácil, y jamás tubo que recurrir a otros tipos de menesteres, todos esos encargos y trabajos… en cada año… en cada  época… siempre ha sido lo mismo. Ni si quiera para una criatura que no pertenece a este mundo, el yugo de la humanidad se hacia insoportable. En su posición podía controlarlo todo a sus anchas. Pero debía de tener cuidado si no quería acabar como tantos otros. Para ello debía de comportarse como una persona normal, como una humana, una mujer que pretendía llegar a lo mas alto y si fuera preciso ostentar la corona soberana del mundo. Pero para llegar a esa cima, aún quedaba mucho camino por recorrer. Y para ello, debía de encontrar a un solo hombre. Uno diferente a los demás. “.-¡Maldita condición femenina! Que ni si quiera puedo escapar de eso!-. ( se decía a si misma)
El puño apretado con contundencia. Ni si quiera el cuero podía retener aquella linea roja que llegaba desde sus dedos doblados hasta la muñeca. Todo últimamente le salia mal. Como si la mala suerte le hubiese llegado a ella, como si todos sus facultasen se hubiesen disipado durante todos estos días tan convulsos y llenos de incertidumbre.
Debía de encontrar la forma de encontrarle. ¿Pero como? “Una sola marca en la mano” lo diferenciaban del resto de los mortales. Podría estar en cualquier parte: En Europa, en Asía, en África… ¿Por qué le habían encargado esa misión tan estúpida? Encontrar al banquero era pan comido. Solucionar las revueltas de los insurgentes por los barrios de toda la Toscana no era un problema. Coger a esa secta de asesinos de aristócratas era simple de remediar. Dorothy tenía el talento y los medios suficientes.
Pero encontrar a un solo hombre, en este mundo de monos estúpidos…
.- ¿Por que querría el espejo a ese individuo ? ¿Y ahora?... cuando les he ofrecido todo en cuanto me han exigido.
Dorothy contemplaba la luna. Pero en aquel instante se ofreció un momento de silencio para ella.
Debía de aclarar su mente. Concentrarse en si misma y no perder su propio punto de gravedad.
Los puños cesaron, la tensión se fue apaciguando como la tormenta que amaina cuando sale el sol.
En aquel instante abrió los ojos, dejando que todos los colores pardos y apagados de la noche fueran reconstruyendo la imagen borrosa de la escenografía que le envolvía.
 Y entonces, una revelación.
.- Un momento… (se dijo a si misma, contemplando la belleza de la esfera blanca y terrateniente de las nubes grisáceas.)

Dorothy se giro. Aquellos soldados estaban esperando sus ordenes. Pero ella no les miró. Estaba interesada en todas aquellas cosas que el sr Crock tenía en su alcoba de trabajo.
Solo había una cosa que podría aliviar su amarga situación y que podía cambiar el rumbo de los acontecimientos.
 Algo que el sr. Crock tenía en su poder.
Ese tipo de cosas que normalmente no poseen un valor cuantitativo económicamente, ese tipo de cosas que suelen estar representadas en líneas y trazos, dibujos y medidas, secciones y alzados. Son la prueba de lo que el hombre con mente abierta puede lograr hacer y superar incluso a los mismos dioses.
Solo hubo una vez que se logro tal proeza.
Dorothy solamente conocía el complejo mecanismo de esa maquina bélica. “Un navío con alma propia”, capaz de encontrar al  sujeto de la marca en la mano, un cascarón cuyas velas se inflaban sin necesidad de los vientos alisios y que siempre su timón viraría en dirección hacia un solo punto. Una brújula capaz de surcar los océanos y desafiar a sus criaturas, de atravesar el mundo de los moribundos y permanecer intacto en todas las épocas, un maquina con quilla y velamen con una peculiaridad: una mascarón de proa  que solo conocía el rumbo de una sola dirección, exactamente el corazón de un hombre maldito por el espejo negro.

Los restos de cristales en el suelo se rompían al paso de las suelas de sus botas. Contemplaba el escenario y todas aquellas cosas llenas de polvo: Cuadros raros y extraños, planos enmarcados de algún lugar que a Dorothy le eran familiar. Cuanto mas se acercaba su estado de animo crecía a pasos agigantados. Como un mapa, muy parecido al mapamundi que conocemos hoy en día. “La plata azul” decía la leyenda, en la etiqueta situada en el listón del marco inferior.  
Dorothy se aproximo para apreciar mejor los detalles…
En una de las partes del planisferio una zona bien marcada, con el nombre “Espolón”, en medio del continente y del golfo conocido en nuestros tiempos como “el triangulo de las bermudas”
Dorothy dibujo una mueca en su cara como una sonrisa forzada y con lo ojos saliendo por sus órbitas .-¡… si! ¡Eso es!.- (Dijo en voz alta)
Los soldados se miraban entre si. No comprendían el comportamiento  alocada de su general.
Dorothy tiraba las cosas por el suelo, como si quisiera encontrar algo muy importante.
.- Vamos… Samuel… ¡¿Dónde lo escondes?! (Decía en voz alta, mientras algunos de sus sirvientes intentaban ayudarla no sabiendo que buscar exactamente) Dorothy revisaba con brusquedad por todos los rincones posibles.
Su bello rostro transformado como una desquiciada, rompiendo todo a su paso, tirando las estanterías al suelo… ¡Pero nada!. Lo que ella buscaba, estaba muy bien escondido.
Desanimada, se sentó en una de las butacas donde el ingeniero se solía sentar para realizar sus proezas.
Estaba perdiendo su autoestima por momentos.
Dorothy volvió a contemplar el cuadro, ese mapa le recordaba un tiempo en el que ella presenció la existencia de lo imposible.
Respiraba hondo, intentando controlarse.
Ella también navegó por aquellas aguas turbulentas.
“Las batallas en las islas de Azor”, en medio del océano atlántico… ¡Sabia que existía! Ese barco también estuvo allí, enfrentándose a diversas flotas, a los piratas, a los venecianos, en las mismas fauces del gran “Oceanus”.
Dorothy apoyaba su cabeza al marco de aquel antiguo legajo. ¿Qué le pasaba? ¿Ella no era así? Por su mente pasaban esas escenas, recuerdos de antiguas misiones de diversas épocas en la que se reflejaba su grandeza, su poder, potestad, fuerza y energía.
Tanto tiempo con los humanos… ¿se estaba convirtiendo en uno de ellos?
Finalmente, al lado de ese mural, un dossier.
Como un palpitar de un niño, nuevo y contundente en su corazón sombrío, esa sensación de encontrar algo que ya se da por perdido, la deliciosa impresión de sentir como el frío y el calor recorre todo su cuerpo. ¿Era eso lo que buscaba? Si instinto femenino le decía que se aproximase con cierto grado de éxito y acierto.
 Una carpeta de cuero, introducida en una especie de grieta estructural de una roca de yeso y cal.
Dorothy se acercó aquella ranura.  Con una actitud olvidada y que jamás perteneció a su carácter: con suavidad y delicadeza.
Era un portafolio de cuero. Una especie de dina 2 enrollado.
Se dirigió a la mesa de despecho de Samuel. Con  la manga del brazo derecho tiró los restos de los cristales al suelo. Depositó el dossier encima de la mesa recién despejada, y  abrió la tapa. En su interior, planos, esbozos y secciones de lo que parecía ser un barco…
.- “BlackRouse”. (Dijo tras leer con satisfacción y triunfo el titulo en un recuadro.).

                           

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