martes, 12 de abril de 2016

HISTORIA II: Black Rouse. 2º parte "Algo se acerca"



.- Decidme hija, ¿Si os preguntase que es lo que más deseáis en este mundo, que responderíais?
.- ¿Mis hermanas ya han escogido elogio de su madre?
.- Así es… ellas ya han escogido su pretensión. Ahora os toca a vos.
.- Solo hay una cosa que mas desearía en este mundo, madre.
.- Y es…
.- Encontradle a “el”.
.- Oh mi niña…Todas las cosas ya tiene su sino, todo esta tejido en el gran manto del universo.  Para encontradle deberéis de adoptar “una forma” para que vuestros caminos puedan cruzarse. No puedo ofrecerte ese deseo, pero si transformarte en una pieza clave de su camino. El amor, si es verdadero hará el resto…. “! Por el orden  que se me ha otorgado por los mas grandes, por el bien de todas las cosas yo te quito tu condición humana!
     (tras el hechizo, el torbellino de luciérnagas envolventes transformó a la joven en una escultura de madera como si fuera un mascarón de proa)
.- ¡Oh mi niña!..!mi pequeña!... yo no puedo dejarte así. Voy a ofrecerte mi don mas preciado. Yo te ofrezco… “el poder del aire”.

                              Black Rouse. Parte II

Una mañana como otra.
La aurora del alba  asomaba su cabellera dorada, tocando suavemente los colores de todas las cosas, transformando las difusas y apagadas tonalidades  de la noche en pigmentos claros y llenos de vigor. Como un guerrero triunfante, desafiando a las nubes y besando las aguas saladas del atlántico. Las rocas de los acantilados de la costa, monumentos naturales, muros colosales, montañas cinceladas por los fuertes vientos y las tempestades, gobernantes de sus playas de arena gruesa, se enfrentaban a los primeros rayos del sol como una horda de corpulentos soldados, paralizados, petrificados, con frondosos y verdes cabellos en su cima, afilados riscos y pedruscos, avizores contra la alboreada y  con su capa  en la espalda manteniendo las tinieblas de la noche.  La turba a sus pies de diversas tonalidades, gravilla que recibía, como tantas veces,  a las concubinas del mar  con destino incierto, para fundirse con cuerpo y alma al manto rugoso de la frontera entre el reino de las rocas y el basto imperio del océano,  empujadas, por la canción silenciosa de la brisa, que no se escucha pero que hace  danzar a las hojas de la vegetación, y por la fuerza imperante del astro rey que se presenciaba como el regente de todas las cosas.
En un rincón, cobijado por dos laderas de una misma montaña, un pequeño pueblo de pescadores: casas escalonadas a los brazos de la sierra que las protege, formando un sinuoso laberinto de calles de paredes blancas de rugosa textura, esa cal contrastaba con los diversos colores de las flores de macetas colgantes  en balcones y ventanas. Las techumbres, de los hogares de adobe eran algunas de “terraza” y  otras de dos vertientes, irregulares entre si, manteniendo el color albino de todas las estructuras. Un gran campanario en el centro de la zona urbana, encima de un pequeño montículo, como un gobernante ante el pregón de su pueblo, la iglesia en el centro y las casuchas a su alrededor. La plaza mayor, como pasaba con algunas de las calles principales, no estaban circundante al templo de dios, pues tocaban al muelle, una estructura de maderos que cobijaba a cientos de navíos en sus brazos, barcazas viejas, cocas mercantes y multitud de barcas de pescadores.

En una de esas calles, una mujer salía de su casa en primera línea de mar. En sus brazos sustentaba un capacho de mimbre de ropa sucia. Se dirigía al lavadero.
A su paso, una serie de pequeños y familiares acontecimientos: El olor a pan recién hecho de la Tahona de la bocacalle, el carpintero acabando lo que parecía ser una silla, el estruendo ruido del acero contra el hierro y al llegar al puerto el majestuoso esplendor de la mañana, el sol saliendo entre las nubes, las aguas brillando,  y el sonido de las gaviotas.
Aquella mujer de 30 años y de cabello negro se paró. Fijando su mirada hacia el grupo de barcazas que estaban pescando cerca del puerto. .- ¡Alfonso!.- (Gritó con todas sus fuerzas con el cesto de mimbre en sus brazos.)

Alfonso, un hombre de 37 años. Manos secas y callosas. Estaba recogiendo la red completamente abarrotada de peces. Aquello, no era normal. El sabia que esa mañana era muy diferente a las demás. En primer lugar se había levantado con muchas ganas de trabajar a pesar de que le dolieran todos los huesos. La barca había salido del muelle con una exactitud impresionante. Y ahora… esto.: ¡Peces! ¡Muchos peces!. ¿Qué más podía pedir?
Desde que su mujer murió hace dos años, “no daba pie con bola”, todo le salía mal. Siempre desde muy joven quiso formar una familia, pero el padre celestial, al parecer tenía otros planes para el.
En ese momento, escucho como Aitana le llamaba desde el puerto. Alfonso contesto completamente contento, quería hacerle saber lo bien que le había ido aquella mañana. ¿Estaba cambiando su destino?. No importaba. Esa pesca, le iba a proporcionar los beneficios suficientes para poder arreglar la casa, o ¿tal vez una ampliación?. Contemplaba a su amiga Aitana con “ojitos” mientras ella le preguntaba como estaba. Ella siempre estuvo allí, cuando no tenía nada para llevarse a la boca.
Aitana, desde el muelle, estaba viendo su vieja barca repleta y a rebosar de peces. ¡Que alegría más grande! Por fin le iban las cosas bien. El siempre atento a todo lo que necesitaba, incluso se llevaba bien con Celio su hijo. Ella nunca estuvo casada. Según las habladurías del pueblo, el párroco “Don Daniel” le había dejado embarazada hace 4 años. Cuando el supo la noticia, se desinteresó de ella, dejándola a su propia merced con una criatura en camino y sin trabajo. Gracias Alfonso y a su mujer Clara que le ayudo encontrándole un puesto como “cosedora de redes” en la lonja. Cuando Clara murió, Aitana se ocupo de Alfonso. Los estaban esperando ese momento oportuno en que las cosas suelen ir mejor, para juntarse y casarse.

Sin embargo algo comenzó a cambiar el rostro de Aitana. Estaba feliz por todo lo que estaba pasando. Pero algo raro le pasaba al agua… como si estuviera hirviendo, una multitud exagerada de peces se concentraba en los muelles, como si estuvieran escapando de algo.
En aquel instante, un pez salto encima de él. Ella se asusto. Pues no se lo esperaba en absoluto. Tras este, cuatro mas, cayendo en los maderos como si ella fuese un imán para aquellas criaturas de aguas saladas. No pasaron ni 20 segundos y los peces saltaban por todos los lados, saliendo de las aguas como posesos. .-¡Santa Maria!.- (Se dijo a si misma asustada)
Para los pescadores aquel acontecimiento les venia de perlas. Pues todos gritaban contentos por lo que estaba pasando. ¡Aquello era digno de ser recordado!. Ellos sentían que por fin el cielo había recibido sus plegarias.
Pero todo aquello, la mañana resplandeciente y hermosa, la tranquilidad de aquella aldea de pescadores en la rivera del atlántico, y los peces saltando a mansalva a las barcas, poseía un alto precio.

 Aitana temblaba de terror cuando sus ojos contemplaron lo que se aproximaba en el fondo, en el horizonte una masa gris y espesa, como una de esas tormentas.
Alfonso, que se aproximaba hacia a ella, pudo verle su rostro; blanca como la nieve y ojos abiertos como platos.
Como si hubiese visto a un fantasma.
Aitana dejo caer el cesto de mimbre al suelo.
.- ¿Qué te pasa?... (dijo Alfonso preocupado)
El silencio gobernaba el lugar. El sonido de las aves había dejado de escucharse. Alfonso se había percatado que aquello era una de esas tormentas de verano, como tantas veces solía pasar. Sin embargo aquel silencio era extremadamente sospechoso.
El intentaba comprender por que ella se echaba hacia atrás, como si tuviera miedo de algo que venia desde la línea de flotación en el horizonte hacia donde ellos estaban.
Y entonces, los peces dejaron de saltar. Las aguas se volvieron mansas y apaciguadas, como las de un estanque, ni si quiera había marea, ni las olas besaban la playa. Todo absolutamente en calma.
En ese mismo instante la brisa comenzó a soplar. Primero gélida y suave, pero aumentando su fuerza en cuestión de momentos.

4 toneladas de hierro fundido, suspendidas en dos vigas de madera compartiendo todo el peso en una estructura de roca y yeso. Metal en forma de una copa invertida, negruzca y dorada, quemada por el agonizante crisol de la intemperie, las brisas saladas de la costa atlántica y las imparables lluvias oceánicas. Rocalla de hierro, cobre y bronce, fundidas en la época de el emperador romano Augusto. Una campana, que para moverla se precisaba la fuerza y peso de seis de los más corpulentos hermanos de “La Cofradía del Sagrado Corazón de Jesús. El campanario más cercano del puerto, en Lisboa. Solo se tocaba, al alba: 3 campanadas al asomarse los primeros rayos de sol, 3 para el padre de los cielos, 3 para la santa madre de Jesús y 3 para el hijo de dios. En Julio del año 1392, la campana mas pesada de Portugal, comenzó a moverse por si sola. Aquel tonelaje , resonaban a diestro y siniestro golpeando y mancillando los pilares que la sustentaban, como si esta fuera una ariete ante un asedio y sus vigas el portón de acceso a la ciudadela. Sonando sin ser su hora. Emitiendo un sonido molesto y nada agradable.

A partir de ahí, todas las campanas de todos los monasterios comenzaron a sonar como posesas, una holeada como una honda en el agua, fue interfiriendo a su paso a todos los campanarios de toda Europa.
Como si fuera el aviso inminente del fin del mundo:
Primero una brisa, un fuerte viento que provenía del océano, como si los antiguos dioses soplasen al mismo tiempo y en una sola dirección, después, el cese del mismo. Y cuando todo acababa, las campanas comenzaban a sonar de forma endemoniada, sonidos bruscos y de un irritado temblar del metal, eran como las trompetas de Jericó, alertando a todos, de la venida de las tinieblas al mundo de los hombres.

Todos salieron a la calle, desde los monjes en plena oración, hasta los nobles en plena caza, desde los gritos en una plaza en la que estaban castigando a un reo y el verdugo con su hacha a punto de cortarle la cabeza. Todos con incertidumbre se pararon a escuchar los amargos y estridentes sonidos de las campanas de todos los monasterios.
Las velas, no ardían, las antorchas se habían apagado misteriosamente en todas partes, la luz había perdido su brillo por un instante. Nunca aquellos ruidos, habían sido tan aterradores como ese día. Todo el mundo, comenzó a mirarse entre si, madres respetadas en plena calle que habían salido a comprar los suministros necesarios para toda la semana, miraban a las prostitutas de una forma distinta, soldados y la guardia se juntaban con los ladrones que habían salido de sus escondrijos a observar el cielo, caballeros se bajaban de sus caballos posicionándose a la misma altura que sus sirvientes para escuchar ese sonido y el temblar de las campanas.
 ¡Pero ¿Qué estaba pasando?!

En aquel instante, en aquel golfo portuario, aquellos brazos siniestros cubiertos de algas marinas, tentáculos como colas largas y esbeltas comenzaron a garrar las piernas de todos los marineros que se encontraban alejados del muelle. Como si una medusa se tratase, cazando despiadadamente a sus victimas sin importar condición. Todos sucumbían a su paso.
Escena dantesca. El terror se plasmaba en aquellas miradas petrificadas de todos aquellos espectadores que estaban presenciando aquella atrocidad desde sus balcones, desde las terrazas, y desde la misma calle que tocaba el puerto.
Aitana y Alfonso corrían por aquel asfalto de madera vieja junto con otros compañeros. Deseaban estar en tierra firme lo antes posible, como si aquello les fuese a salvar la vida.  Mientras aquella “cosa” se acercaba.  Aitana se giró como si fuese un defecto de su instinto, las caras cercanas a ellos, tan solo girarse, salían despedidas por el aire, no podía creer lo que estaba viendo: cientos de hombres, y el cielo gris  cubierto de personas que caían  en aquella especie de titánico torbellino. Entonces, caminando hacia atrás, aterrorizada, escucho el crujir de la madera.
A dos pasos de llegar a tierra firme, aquellos espolones como menhires nacían de las entrañas de la tierra quebrando todo a su paso, atravesaban los maderos viejos, puntas de 3 metros de ancho, blancos y horripilantemente  amarillentos, afilados, rasposos y dentados por los laterales.
En aquel pueblo pesquero, parecía como si los hijos de la tierra se les hubiera revelado, pues cientos de estacas alargadas atravesaban casas y haciendas en un basto alineamiento en media luna. Un asedio desde debajo de la tierra hacia arriba, agrietando y reventando todo a su paso como  si aquellos espolones fueran los dientes enormes de alguna criatura de las leyendas marítimas.
Finalmente, desde los cielos se podía apreciar aquella colosal y titánica boca tras el torbellino, atrayendo hacia sus fauces una parte del continente con el pueblo pesquero en con el. Todo  era arrastrado despiadadamente hacia el  centro del abismo dentado.


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